Cuando la innovación entra en la encuesta electoral, por Maite Vizcarra

En el siglo XXI, la innovación y la tecnología tienen, para países como el Perú, un apellido inevitable: reindustrialización. No hablamos de fábricas humeantes, sino de producir conocimiento, agregar valor y competir en serio. Y quizá por eso –no por moda, sino por necesidad– estos temas han entrado, por fin, al debate presidencial.

Hay algo revelador en ver a candidatos hablar de inteligencia artificial, start-ups o transformación digital. No porque antes no existieran, sino porque ya no pueden ignorarse. Durante años, la innovación vivió en un circuito cerrado: foros especializados y comunidades convencidas. Hoy aparece en el prime time político. Y eso, aunque imperfecto, importa.

Pero conviene aterrizar el concepto. Innovar en el Perú no es solo crear apps ni start-ups con nombres en inglés. Es cambiar la estructura productiva. Es dejar de exportar materias primas para exportar valor. Es pasar de una economía de commodities a una basada en conocimiento. Eso, en términos simples, es reindustrializar.

Y aquí el entusiasmo necesita sustento. El Perú no parte de cero. Existe el Plan Estratégico de Desarrollo Nacional al 2050, que busca ubicarnos entre los países más competitivos e innovadores, aunque hoy estemos lejos de ese objetivo. Este plan plantea impulsar tecnología, innovación y transformación digital como condiciones del desarrollo sostenible.

Sin embargo, llama la atención que estos marcos no aparezcan en el discurso político. En su lugar, escuchamos propuestas fragmentadas, ideas que suenan bien pero no dialogan con lo ya construido. Como si cada candidatura descubriera la pólvora, ignorando que el país lleva años intentando encenderla.

Ahí el debate queda corto. Si quisiéramos tomarnos en serio la reindustrialización, las preguntas serían otras: ¿cómo ordenar una institucionalidad dispersa?, ¿qué hacer con programas que han invertido millones sin escalar?, ¿cómo pasar de pilotos interesantes a empresas competitivas en la región?

No es una discusión teórica. Tras más de 15 años de inversión pública en innovación, seguimos sin casos emblemáticos. No tenemos un Rappi ni un NotCo. No es falta de talento, es falta de articulación, continuidad y visión.

La explicación fácil es la falta de dinero. Pero la evidencia sugiere otra cosa: falta estrategia. Por eso, lo rescatable de este proceso electoral es la oportunidad –todavía incipiente– de elevar la conversación. Pasar del discurso a la arquitectura institucional. Dejar de tratar la innovación como accesorio moderno y asumirla como núcleo del desarrollo.

No necesitamos más burocracia, pero sí una entidad que articule lo disperso, con visión de largo plazo. Una agencia técnica, con autonomía real, capaz de convertir buenas intenciones en productos, empleos del siglo XXI y continuidad.

Porque si la innovación ya entró al debate político, ahora toca algo más difícil: que también transforme cómo entendemos el progreso en el Perú.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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