Entre abril y junio del 2021, el Perú vivió, según el Banco Central de Reserva (BCR), la mayor fuga de capitales en medio siglo: el equivalente al 7,4% del PBI nacional (US$17.161 millones) salió del país en apenas tres meses. Esta masiva transferencia de dinero al exterior fue la reacción inmediata de los grandes grupos empresariales y de los sectores más acaudalados frente al pase de Pedro Castillo Terrones a la segunda vuelta electoral.
Esta salida de capitales tuvo un impacto directo en la economía del país. El dólar se disparó, y el BCR tuvo que intervenir con la venta de US$17.600 millones para poder detener la depreciación del sol. Aun así, la inflación llegó a 6,4% en el 2021 y a 8,56% en el 2022, el nivel más alto en 26 años. El aumento de precios afecta en mayor medida a las poblaciones más pobres de un país, porque son quienes gastan un porcentaje mayor de sus ingresos en comida, transporte y medicinas, y cada sol rinde menos. Mientras las familias con mayores recursos se refugian en dólares o inversiones, los hogares vulnerables pagan directamente el costo de la subida de los precios. Por eso la inflación es considerada un impuesto a los más pobres, ya que golpea con más fuerza a quienes menos tienen.
El retiro masivo de fondos, además, encareció el acceso al crédito y aumentó la percepción de riesgo-país para los inversionistas. Como consecuencia, hubo una caída en la inversión privada, y con ello en la generación de puestos de trabajo, crecimiento económico y pobreza. De hecho, la pobreza aumentó.
Esta discusión se vuelve hoy urgente, cuando parecería cada vez más claro que Roberto Sánchez pasaría a la segunda vuelta. Hace unos días se hizo público que una Fintech vinculada a Credicorp Capital estaría incentivando la salida de capitales. Y, si bien en el Perú existe libertad de inversión y libre disposición de capitales, vuelvo a hacer la misma pregunta que hago en esta página desde hace años: ¿cuál es la responsabilidad de los grandes empresarios en impulsar y sostener el desarrollo del país? Los países no se construyen solos y es claro que la única forma de sacar al país de la pobreza y mejorar la calidad de vida de los peruanos es a través de la inversión privada. Entonces, ¿cómo podemos promover el retiro de capitales? ¿Me salvo yo, aunque eso implique un mayor perjuicio para el resto del país?
En algún momento, los liderazgos empresariales peruanos se verán forzados a madurar. A asumir un rol más allá de la sola generación de puestos de trabajo y pago de impuestos. Y, tal vez en ese momento, se den cuenta de cuántas oportunidades se perdieron por no asumir ese liderazgo que el Perú espera de ellos.
Hoy estamos atrapados en una discusión estéril porque no nos gustan los resultados de la primera vuelta. Pero lo cierto es que, a estas alturas, los grandes líderes empresariales ya deberían haber definido una verdadera estrategia de gestión de riesgos para los próximos años. Y no, esa estrategia no puede ser otra fuga de capitales como en el 2021. El problema es que, mientras nuestros liderazgos sigan midiéndose exclusivamente por KPI financieros trimestrales, no habrá incentivos para construir país.
Cuando el barco se hunde, solo hay dos caminos: quedarse a bordo y defenderlo, enfrentando los retos de reparar lo dañado, o abandonar la nave. De nosotros depende.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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