¿Cuántas veces ha visto a una persona maltratar a un sereno porque le pide que no haga algo indebido? ¿Cuántas veces ha visto a alguien botar basura a la calle? ¿O a dueños de perros dejar las bolsitas en la vereda? ¿Cuántas veces ha sido testigo silencioso de un acto de discriminación?
En el Perú, aunque existen reglas mínimas de convivencia social, nadie las cumple. Porque en el país de Pepe el vivo muchos hacen lo que les da la gana. Y salvo que pertenezcas a mi grupo, la norma suele ser el atropello.
Esto hace del Perú uno de los países donde más cuesta confiar y no solo en las instituciones, en políticos o autoridades. El problema es más profundo: los peruanos desconfiamos del ciudadano que tenemos al lado. ¿Qué es la confianza? Es creer que el otro actuará correctamente incluso cuando nadie está mirando. Asumir que nadie intentará pasarse de vivo.
Cuando no existe confianza, la vida cotidiana se vuelve más difícil. Los trámites son más engorrosos. Pero la excesiva tramitología no es exclusividad del sector público. Está en el banco, en la clínica, el taller, en el edificio, en la calle. Todo demanda más tiempo, más energía y más recursos. Todo es una lucha porque siempre hay alguien intentando imponerse, ganar por la fuerza, aprovecharse.
Hace días, una señora sanisidrina, sin discapacidad visible, se estacionó en un espacio reservado para personas con discapacidad. Iba y venía libremente por la calle, entrando y saliendo de tiendas, sin usar ningún apoyo. Hasta que Sandra, sentada en un café, se acercó y la cuestionó. La señora la insultó, sacó del auto un bastón que no había usado y llamó a la policía. Minutos después llegó un patrullero. Pero no para corregir a quien había ocupado indebidamente un espacio reservado, sino para llamar al orden a Sandra, que solo había señalado el incumplimiento de una norma. Un patrullero y dos oficiales estuvieron 30 minutos intentando llevarla a la comisaría. Como si Lima no tuviera problemas más graves. Como si la autoridad existiera para proteger el abuso y no para impedirlo. El mundo al revés.
Esta es solo una anécdota de miles. Como los funcionarios de un banco que cuadran motos en la vereda porque un vigilante los protege. Como el que bloquea una rampa, ocupa una berma, arroja basura o maltrata al trabajador que intenta hacer cumplir una regla. O congresistas repartiéndose bonos ilegítimos. El problema no es falta de educación. Es la certeza de que no pasará nada.
En 40 países se probó el civismo de miles de personas a las que se confiaron billeteras ‘perdidas’. El Perú apareció entre los peores resultados. ¿Cuándo comenzamos a construir una sociedad distinta?
Vivir en tensión permanente hace que la vida sea más difícil y resquebraja la salud de las personas porque, sin confianza ni seguridad, lo cotidiano se convierte en una batalla. La buena noticia es que de nosotros depende cambiar el Perú.
Necesitamos más Sandras. Dejar de ser testigos silenciosos y recordar que una sociedad se construye cuando alguien se atreve a decir, con firmeza y sin violencia, que lo incorrecto no puede seguir siendo normal.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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