
Hay aniversarios que invitan a recordar el pasado. Otros, en cambio, obligan a imaginar el futuro.
Los veinte años de la firma del Acuerdo de Libre Comercio entre Chile y el Perú pertenecen a esta segunda categoría. Más que una fecha conmemorativa, representan una oportunidad para preguntarnos cuál debe ser la siguiente etapa de una relación bilateral que hoy es una de las más sólidas y dinámicas de América Latina.
Hace dos décadas, Chile y el Perú tomaron una decisión estratégica: avanzar desde una relación marcada por la historia hacia otra sustentada en la confianza, la cooperación y los intereses compartidos.
Veinte años después, el balance es contundente.
El intercambio comercial bilateral supera los US$ $3.700 millones. La inversión chilena acumulada en el Perú supera los US$ 24.000 millones y el flujo de inversión entre ambos países sobrepasa los US$ 34.000 millones. Cientos de empresas chilenas participan activamente en sectores estratégicos de la economía peruana, como infraestructura, energía, logística, comercio y servicios.
Pero sería un error medir estos veinte años únicamente en cifras.
El mayor logro del Acuerdo de Libre Comercio no está solo en los mercados que abrió, sino en los vínculos que ayudó a construir. La verdadera integración ocurre cuando los pueblos dejan de verse como extraños y comienzan a reconocerse como socios naturales.
Y eso es precisamente lo que ha ocurrido entre Chile y el Perú.
Miles de familias han construido historias comunes; empresas desarrollan proyectos conjuntos; universidades fortalecen sus vínculos académicos; investigadores, estudiantes y profesionales amplían permanentemente sus espacios de colaboración. La relación bilateral dejó de ser exclusivamente una relación entre gobiernos para transformarse en una relación entre sociedades.
La comunidad peruana en Chile constituye una de las expresiones más visibles de esta realidad. Cientos de miles de peruanos han encontrado en nuestro país un espacio para desarrollarse y aportar como profesionales, emprendedores, trabajadores y empresarios. Su presencia ha enriquecido la sociedad chilena.
La integración también se expresa en la cultura. La transculturación explica cómo los pueblos no solo intercambian elementos culturales, sino que los incorporan, adaptan y transforman. Un ejemplo evidente es la gastronomía peruana en Chile: desde preparaciones cotidianas como el arroz chaufa, el aeropuerto o el mostrito, hasta clásicos como el ceviche y el lomo saltado, forman hoy parte del paisaje gastronómico chileno. La cultura, al igual que la economía, también construye integración.
Del comercio a la asociatividad estratégica
Chile y el Perú también han demostrado capacidad de cooperación en espacios como la Alianza del Pacífico. Sin embargo, América Latina mantiene una deuda histórica: sus niveles de integración económica y productiva siguen siendo inferiores a los de otras regiones.
Mientras Europa y Asia han desarrollado cadenas regionales de valor, estrategias industriales comunes y plataformas de competencia global, nuestra región continúa actuando muchas veces de manera fragmentada.
Ese escenario abre una oportunidad histórica. Ha llegado el momento de evolucionar desde una lógica de integración comercial hacia una verdadera asociatividad estratégica. No se trata únicamente de vender más entre nosotros, sino de desarrollar una oferta conjunta más competitiva para el mundo.
El desafío ya no es que Chile y el Perú compitan mejor entre sí. El desafío es que aprendan a competir juntos frente a los grandes bloques económicos.
Esa nueva asociatividad requiere proyectos concretos. Y probablemente ninguno sintetiza mejor esa visión que la propuesta de una Zona Franca del Cobre Chile–Perú.
El cobre como plataforma de poder geoeconómico
Si el primer capítulo de la relación entre Chile y el Perú estuvo marcado por la superación de diferencias históricas y el segundo por la integración económica, comercial, académica y social, el tercer capítulo debe estar definido por una agenda de coprosperidad.
En un mundo donde la competencia se organiza entre grandes bloques económicos, la cooperación inteligente genera ventajas que ningún país puede alcanzar por separado. La transición energética, la transformación tecnológica, la seguridad de las cadenas de suministro, la atracción de inversiones y la innovación exigen respuestas cada vez más coordinadas.
Chile y el Perú concentran aproximadamente el 37% de la producción mundial de cobre, un mineral esencial para la electromovilidad, las energías renovables, la infraestructura digital y las industrias del futuro. Esta realidad no debe verse únicamente como una ventaja productiva. Debe entenderse como una oportunidad histórica para construir poder geoeconómico.
El desafío ya no consiste solo en extraer más cobre, sino en generar más valor, innovación, tecnología y desarrollo alrededor de este recurso estratégico.
En ese contexto, desde distintos espacios de análisis, diálogo empresarial e institucional he impulsado la propuesta de una Zona Franca del Cobre Chile–Perú, concebida como una plataforma de integración productiva capaz de articular infraestructura logística, puertos, corredores binacionales, refinación, manufactura avanzada, innovación tecnológica, inteligencia artificial aplicada a la minería, investigación universitaria y formación de capital humano especializado.
Se trata, en definitiva, de avanzar desde una lógica basada en la exportación de materias primas hacia otra centrada en el conocimiento, la tecnología y el valor agregado.
La Zona Franca del Cobre puede convertirse en el símbolo de esta nueva etapa, donde Chile y el Perú no solo sean los principales productores mundiales del metal rojo, sino también protagonistas de la industria minera del futuro.
Una oportunidad política para proyectar los próximos veinte años
El contexto político actual ofrece una oportunidad especialmente relevante.
La presencia del presidente de Chile, José Antonio Kast, en Lima con motivo de la ceremonia de investidura de la presidenta del Perú, Keiko Fujimori, trasciende el carácter protocolar de una visita oficial. Ambos gobiernos inician simultáneamente un nuevo ciclo político, abriendo una ventana para redefinir la relación bilateral con una mirada estratégica y de largo plazo.
El encuentro entre ambos mandatarios debe servir para impulsar una agenda de mayor ambición: seguridad, integración productiva, cadenas binacionales de valor, cooperación tecnológica, inversiones conjuntas y una estrategia común de inserción internacional.
Chile y el Perú no necesitan únicamente administrar una relación exitosa. Necesitan proyectarla.
Hace veinte años, el Acuerdo de Libre Comercio demostró que era posible transformar una relación marcada por el pasado en una relación orientada al futuro. Ahora corresponde dar el siguiente paso.
Los primeros veinte años demostraron que Chile y el Perú podían integrarse. Los próximos veinte deben demostrar que pueden prosperar juntos.
En vísperas de las Fiestas Patrias del Perú, este 28 de julio, corresponde saludar fraternalmente al pueblo peruano y renovar una convicción: el futuro de ambas naciones será más próspero si somos capaces de construirlo juntos.
Porque el libre comercio fue el instrumento, la integración fue el camino y la coprosperidad debe ser el destino.
Así las cosas, ese es el tercer capítulo que Chile y el Perú están llamados a escribir.
(*) Carlos Escaffi es fundador de Relaxiona Internacional.












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