Una cosa es el estilo Bukele, y otra, el modelo Bukele.
La población peruana, desesperada por el incontenible avance de la criminalidad, busca un presidente como Bukele porque se ha convertido en un referente gracias a la imagen que proyecta: un hombre decidido que tuvo como objetivo central la lucha contra las organizaciones criminales; que tomó decisiones de emergencia, usando todos los recursos humanos, económicos y logísticos a su alcance; que ejecutó una estrategia que ha dado rápidos resultados; que encarceló a todos los delincuentes sin posibilidad de un retorno a las calles; que le devolvió a su pueblo seguridad y tranquilidad; y que ahora señala tener el país más seguro del mundo.
Ese estilo, de mano dura y acciones concretas, de tolerancia cero a la criminalidad, es lo que busca el elector peruano. Liderazgo y acción.
Otra cosa es la importación del modelo Bukele tal cual, cuyos detalles, desarrollo, consecuencias y hasta excesos no son tan conocidos en nuestro país.
Existen grandes diferencias entre El Salvador y el Perú, no solo de tamaño, geografía, población, contexto político y social, complejidad institucional o de manejo del gobierno; sino también de estructura y organización del crimen, que en nuestro país es dispersa, con la participación de grupos pequeños y grandes, y con la intervención de redes transnacionales delictivas, que operan en diversas actividades delictivas y que, en muchos casos, tienen apoyo político o de grupos corruptos en las fuerzas del orden o el sistema judicial.
En el Perú es muy difícil que se puedan ejecutar detenciones masivas, una militarización total y estados de excepción permanentes y realmente eficaces.
El elector busca a alguien con el estilo Bukele, por lo que los candidatos presidenciales que quieran imitarlo deberían desarrollar un plan que se inspire en el modelo Bukele, con la misma mano dura, pero adaptado al Perú y sin excesos.
La mayoría ciudadana lleva años reclamando mano dura contra la inseguridad y la corrupción. No es una demanda reciente, aunque el incremento de las extorsiones, sicariato, crimen organizado y violencia en general fortalece la pretensión de un modelo al estilo Bukele.
Un elemento que dificulta la referencia salvadoreña en nuestras campañas proselitistas radica en la diferencia entre la comunicación política electoral, que prioriza elementos emocionales para construir una imagen asociada a la ilusión de un futuro mejor, y la comunicación política gubernamental, en la que pesan más los elementos objetivos sobre acciones, resultados y la gestión reputacional asociada. La gran aprobación de Bukele se sostiene a partir de su eficacia enfrentando la brutal inseguridad que sufría su país y no por un perfil férreo que haya mostrado antes de los resultados en las calles.
Por otro lado, si bien la mayoría de peruanos (51%, según Datum, enero del 2026) tiene como principal referente político al presidente Nayib Bukele, los electores no logran identificar a algún candidato que tenga características o antecedentes de gestión similares, por lo que difícilmente la copia de discursos o propuestas al estilo salvadoreño pueda cosechar votos, si no son acompañados de un perfil público que proyecte lo que subyace a ese modelo: pragmatismo populista, respaldado por resultados.
De alguna manera, la admiración en el Perú –y en muchos otros países– por Bukele expresa no solo la frustración frente al incremento de la inseguridad y el anhelo de soluciones, sino también el debilitamiento del sistema democrático. Entre otras razones, esto se vincula con la sensación creciente de incapacidad de sus representantes y dinámica para resolver las principales preocupaciones ciudadanas.
Las referencias de los candidatos a líderes mediáticos pueden ser útiles para fortalecer un posicionamiento, pero, antes de intentar emular a Bukele, Trump, Milei o Lula, los postulantes deberían partir por definir su propia identidad política.












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