Cara y Sello | ¿Debería haber voto electrónico en el Perú? Javier Albán | Erick Iriarte

Nuestro sistema electoral tiene varias virtudes: el voto lo cuentan ciudadanos sorteados, no funcionarios; las autoridades electorales no son nombradas ni removidas por el poder político; y las actas en las que se cuentan los votos son subidas inmediatamente a la web de la ONPE, lo que nos permite a todos fiscalizar el conteo en vivo.

Dicho esto, lo ocurrido el último 12 abril demostró que basta con que confluyan solo unas cuantas fallas logísticas –problemas con la distribución, fallas con el sistema de ayuda al escrutinio u otros similares– para que pueda afectarse gravemente el derecho al voto y, con ello, erosionarse gravemente la confianza en el resultado.

Las estrategias que sigamos para empezar a recuperar esa confianza deben ser múltiples. Pero sea cual sea el camino, no deberíamos ignorar hacia dónde avanza hoy el mundo y qué ya funciona en otros países. En ese sentido, quizá el estándar global más alto de un sistema electoral moderno y funcional es el de Estonia, que vota por Internet desde el 2005 y en donde hoy cerca de la mitad sufraga en línea con identidad digital y firma criptográfica. Allá tardaron más de dos décadas en desarrollar ese sistema, que implicó varios procesos de auditorías públicas y consensos políticos. No lo lograron de la noche a la mañana.

El Perú ya intentó implementar gradualmente el voto electrónico hace más de una década, pero ese piloto fue finalmente desestimado. La lección, sin embargo, no debería ser cerrar la puerta, sino elaborar un plan serio y por etapas para eventualmente lograrlo. Podría empezarse, por ejemplo, solo con peruanos en el exterior; y luego continuarse con distritos piloto que sean auditados.

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