A pocos días de la segunda vuelta, cerca de una cuarta parte de los electores aún no tenía definido su voto. Ese dato puede parecer sorprendente en una elección tan polarizada, pero no lo es tanto si se mira con cuidado quiénes son muchos de esos indecisos.
Una parte importante de ellos pertenece al sector menos politizado del país. No siguen la campaña todos los días ni están necesariamente pendientes de los debates. Según una encuesta del IEP previa al silencio electoral, el sector sin interés en la política se habría incrementado con respecto del 2021. Su decisión final probablemente no se definirá por afinidad o esperanza, sino más bien por temor o rechazo. No votarán tanto por quien los convenza, sino contra aquello que les genere más preocupación. Ese temor puede provenir de una conversación familiar, de una frase escuchada al paso o de un video en redes sociales. Puede ser un temor real o percibido, pero para efectos electorales, si el temor existe, pesa.
La campaña corta que tuvimos en este proceso electoral no ayudó. La definición tardía de quiénes competirían en la segunda vuelta redujo el tiempo disponible para que este sector menos politizado reciba información, contraste argumentos y forme una opinión más sólida. En consecuencia, la decisión de muchos indecisos se tomará con pocos elementos sobre la mesa.
El universo electoral de los indecisos, a pocos días de la segunda vuelta, ya abandonó por completo su rasgo expectante. Reúne más bien a un conglomerado ciudadano en el cual hay reserva del voto decidido y que por múltiples razones se oculta o no se manifiesta con entusiasmo.
Cierto. Muchos de ellos son extraídos de ese 80% que apoyó otras alternativas en la primera ronda y que hoy está colocado en el trance de activar emociones o razones para endosar un nuevo respaldo. Pero tales indecisos dan pocas vueltas, optando más rápido de lo que nos parece.
Y esa opción estará marcada por el grado de intensidad que tenga el vínculo del votante con el Estado y el quehacer público. En un país trazado por la informalidad laboral, las economías ilegales y el desprecio al establishment político, habrá quienes se reafirmen en un voto blanco o viciado tal como lo han pedido excandidatos presidenciales. Pero también de aquí habrá un torrente favorable al candidato de Juntos por el Perú, Roberto Sánchez, quien ha jugado en estas elecciones todas las cartas del oportunismo para parecer lo que no es y posee créditos en el ámbito de la marginalidad fronteriza con la ilegalidad.
Y tanto Sánchez como Keiko Fujimori –acumulando fobias, temores, identidades, simpatías legítimas y encarnaciones del mal menor– son del establishment. Eso es innegable. El politólogo estadounidense Steve Levitsky dijo en el 2011 que sobre Ollanta Humala había dudas pero sobre Keiko certezas. Pues hoy tenemos las viejas certezas sobre ella y las nuevas sobre Sánchez, pródigas en imposturas, traiciones, mentiras, compromiso personal con un asesino de policías y líderes latinoamericanos de izquierda fracasados, aprovechamiento indebido de recursos públicos, amenazas a la estabilidad económica y un largo etcétera.
Habrá indecisos que tengan muy claro esto. Es lo menos que deberíamos esperar.












Deja una respuesta