Hace unos meses, en una conversación de café con un compañero de universidad, escuché una frase que no he podido olvidar: “Ya tengo el pasaje comprado; apenas termine la universidad, me voy”. No fue un caso aislado. Según Ipsos, en el 2024, el 76% de los peruanos de entre 18 y 25 años quería emigrar; hoy esa cifra bajó a 64%. Sigue siendo alta, pero por primera vez en años algo cambió: más jóvenes empiezan a creer que vale la pena quedarse.
Yo soy parte de esa segunda cifra. Curso el último ciclo de Ingeniería de Gestión Empresarial y cada semana converso con jóvenes que sienten lo mismo que yo: no nos falta talento, nos falta confianza en que aquí también se puede construir algo grande.
Apostar por el Perú no significa cerrar los ojos ante la inseguridad, la corrupción o la informalidad que empujan a miles a hacer las maletas. Significa entender que cada profesional que decide quedarse –y trabajar, exigir, emprender, liderar– multiplica las oportunidades de los que vienen detrás. El talento que se va no vuelve solo; el talento que se queda, contagia.
Por eso, hace cinco años, empecé un espacio de conversación con líderes peruanos que decidieron construir su carrera aquí, en sectores tan distintos como el Estado, la minería, la banca o los medios. La coincidencia entre todos ellos no es la suerte: es haber elegido, una y otra vez, no rendirse ante el país difícil que a veces nos toca.
No le pido a nadie que se quede por obligación ni que romantice lo que no funciona. Le pido a mi generación algo más simple: que, antes de hacer las maletas, se pregunte si ya intentó construir algo aquí con la misma energía con la que sueña con construirlo afuera.
El Perú no necesita más jóvenes esperando que alguien más lo arregle. Necesita jóvenes que decidan, con los ojos abiertos, apostar.
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