El lunes, Antauro Humala convocó una conferencia de prensa en su autodenominado “cuartel etnonacionalista” para atacar a Pedro Francke, economista y figura central del equipo técnico de Roberto Sánchez. Lo llamó “un individuo que solo se representa a sí mismo” y cuestionó que el exministro de Economía durante el gobierno de Pedro Castillo respaldara a Julio Velarde, al frente del Banco Central de Reserva del Perú. Humala respondía así a las críticas que Francke le había lanzado días antes, cuando lo calificó de tener ideas “locas, absurdas y violentas”, y le pidió que se fuera a su casa. El cabecilla del sangriento ‘andahuaylazo’, que acabó con cuatro policías muertos, dijo, además, que, de los dos millones de votos que obtuvo Juntos por el Perú en primera vuelta, un millón son suyos.
Al día siguiente, consultado sobre el episodio, Roberto Sánchez no defendió a Francke. No condenó el ataque. Calificó las palabras de Humala sobre los votos como “excesivas”, dijo que “son opiniones y se respetan”, y añadió, con una ligereza que debería inquietar, que, “así sea un votito de aquí o de allá, se agradece”. En otras palabras: Sánchez agradeció los votos de quien acaba de atacar públicamente al encargado del área económica de su propio equipo técnico. Es difícil imaginar una señal más clara de quién manda en esa alianza y quién obedece.
Este Diario ha advertido antes sobre esta dinámica. En la primera vuelta, Sánchez hizo alarde de su alianza con Antauro Humala, un exconvicto que purgó más de 17 años de prisión por el ‘andahuaylazo’. De cara a la segunda vuelta, Sánchez y su partido intentaron rebajar el vínculo, presentando a Humala como “solo un acompañante”. Los videos de campaña demuestran lo contrario. El deslinde tardío no borra lo que ya fue dicho y exhibido.
El paralelo que se impone es conocido. En el 2021, Pedro Castillo aseguró que Vladimir Cerrón no sería visto “ni siquiera de portero” en su gobierno. Lo que vino después fue Cerrón armando gabinetes, imponiendo ministros y operando desde las sombras con una eficacia que su ausencia formal no limitó en absoluto. Lo que hoy ocurre entre Humala y Sánchez replica con inquietante fidelidad ese mismo patrón.
La llamada ‘moderación’ de Sánchez no es un cambio de convicciones. Es una artimaña electoral que los propios hechos desmienten en tiempo real. Un candidato que no es capaz de defender a su equipo técnico frente a los insultos de su aliado más incómodo no gobernará de manera independiente. Los electores que estén evaluando su voto deben ponderar con seriedad lo que ya está ocurriendo en campaña. La historia reciente del Perú ofrece suficientes lecciones sobre lo que sucede cuando se ignoran estas señales.
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