Ha muerto esta semana, a la edad de 100 años, Alan Greenspan, el legendario expresidente de la Fed, el banco central norteamericano. La era de Greenspan coincide con un largo período de crecimiento de la economía mundial y baja inflación, bautizado por los economistas como la Gran Moderación, ganándose el respeto y la admiración de la profesión. Pero dos años después de que dejara el cargo el mundo se vio sacudido por crisis financiera internacional, lo cual propició una reevaluación de su legado.
La gran paradoja de Greenspan es que, intelectualmente, era un creyente en las virtudes del capitalismo y un escéptico de los poderes de Washington para estabilizar la economía; y, sin embargo, desplegó a plenitud dichos poderes cuando estuvo al frente de la Fed.
Greenspan fue nombrado por el expresidente Ronald Reagan en 1987. Pocos meses después de asumir el cargo se produjo el “lunes negro”, una caída generalizada en los precios de las acciones, que comenzó en Hong Kong y se propagó con la rotación de la tierra. En la bolsa de Nueva York, el índice Dow Jones cayó 22% ese día. Tratando de evitar un pánico financiero, Greenspan anunció una inyección de liquidez al mercado.
En su defensa, hay que decir que retiró el estímulo monetario rápidamente, una vez que el mercado se estabilizó. Pero fue el inicio de lo que se conocería después como el “Greenspan put”, en alusión al tipo de operación financiera, el “put option”, por la cual una persona tiene el derecho, pero no la obligación, de venderle un activo financiero a otra a un precio predeterminado. Como quien dice: si el precio de sus acciones baja, no se preocupe; Greenspan se las compra.
El Greenspan put volvió a aparecer en el año 2000, con la crisis de las acciones tecnológicas, conocida como “dotcom”. La Fed redujo drásticamente la tasa de interés que regula la cantidad de dinero en la economía. Otra vez, Greenspan evitó un pánico, pero sembró las semillas de lo que llamó una “exuberancia irracional” en los precios de las acciones.
La culpa por los eventos posteriores se ha atribuido a la desregulación financiera, que Greenspan también impulsó porque creía en la capacidad de los bancos para regularse a sí mismos. Y es verdad que la imagen del banquero codicioso es difícil de arrancar de la mente del público. Pero si algo hay que criticarle a Greenspan, no es la desregulación, sino que convirtió la estabilidad de la bolsa en uno de los objetivos centrales de la política monetaria.
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