¿Por qué alguien con una fortuna cercana a los 1.000 millones de dólares decide entrar en política? En el caso de César Acuña, la pregunta no es exagerada, sino inevitable. No se trata solo de ambición. Es una decisión racional. La respuesta no está en la riqueza, sino en el poder.
El poder no es solo un medio para obtener beneficios materiales. Es, ante todo, un mecanismo de protección, control y legitimación. Para figuras como Acuña, la política no es una prolongación natural del éxito económico, sino una vía para redefinirlo y, sobre todo, blindarlo frente a contingencias externas.
En primer lugar, el poder protege y amplía los márgenes de acción. En escenarios de institucionalidad precaria, permite influir en las normas y en los mecanismos de fiscalización. La reforma universitaria y la creación de la Sunedu afectaron directamente a grupos educativos como los vinculados a Acuña. Ante ello, Alianza para el Progreso (APP) respondió con una postura crítica y con iniciativas destinadas a modificar ese modelo de supervisión. En ese contexto, la política deja de ser una vocación abstracta y se convierte en una herramienta para incidir en el entorno regulatorio del propio negocio.
También modifica la forma de afrontar el riesgo. En ciertos casos, otorga visibilidad y respaldo frente a los cuestionamientos. La estructura partidaria de APP y sus redes han servido, en más de una ocasión, como mecanismo de contención ante crisis reputacionales. Así lo sugieren las recientes reacciones defensivas de esa agrupación ante las acusaciones contra familiares del hijo de Acuña, supuestamente vinculados a negocios con Essalud, y los cuestionamientos por la presunta injerencia de la organización política en el Gabinete Miralles.
El poder, además, otorga legitimidad. El éxito económico abre puertas en círculos restringidos, pero no garantiza reconocimiento público. La política, en cambio, ofrece visibilidad nacional y la posibilidad de reescribir la narrativa. Para Acuña, su incursión en política permitió desplazar el eje del debate: de los cuestionamientos académicos y de los orígenes de su fortuna hacia una narrativa de liderazgo regional con proyección nacional.
Asimismo, permite transferir esa legitimidad. Acuña ha mostrado habilidad para rodearse de exministros que dictan conferencias en sus universidades, de técnicos reconocidos que actúan como asesores del partido y de profesionales de alto nivel que forman parte de sus directorios y le aportan orientación política y empresarial. La incorporación de estas figuras funciona, en la práctica, como un mecanismo de validación indirecta: atenúa déficits de origen, reduce el caudal de críticas, disuade ataques y provee alfiles para contraatacar. Se trata de una estrategia orientada a anticiparse y neutralizar a sus adversarios.
Por último, el poder fija el estatus. El dinero, en términos simbólicos, es volátil; la política, en cambio, deja huella. Haber ocupado cargos de alto nivel sitúa a una persona en una categoría distinta. En esa misma lógica opera, además, un componente menos visible, pero decisivo: el carácter adictivo del poder. Este altera la percepción del riesgo, refuerza la confianza y genera dependencia. Ello explica mejor la reiteración de candidaturas, aun en escenarios adversos. En el caso de Acuña, esa persistencia no parece responder a un error de cálculo, sino a la necesidad de consolidar una presencia estable en la escena pública. El poder, una vez adquirido, rara vez se abandona por voluntad propia.
Podría alegarse, sin embargo, que el poder no solo protege, sino que también expone. La política intensifica el escrutinio y produce un nivel de exposición que el dinero, por sí solo, no acarrea. Pero, en contextos de vulnerabilidad institucional, esa exposición no desalienta la apuesta: la vuelve estratégica. El poder no suprime el riesgo, pero sí permite manejarlo y atenuar sus efectos.
En suma, cuando empresarios con alta capacidad económica y legitimidad discutible ingresan en política, no lo hacen a pesar de los riesgos, sino precisamente por ellos. El poder no sustituye al dinero: lo completa. Les permite administrar vulnerabilidades, redefinir narrativas y convertir debilidades en activos. El dinero abre la puerta; el poder decide quién permanece en la sala y bajo qué términos.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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