Especial RSC & Sostenibilidad iSanidad 2026
Isabel de Villota, directora de Marketing y Comunicación de Siemens Healthineers
Hay una idea que conviene recordar cada vez que hablamos de innovación sanitaria: ningún avance cumple realmente su propósito si no llega a las personas que lo necesitan. Podemos desarrollar tecnologías cada vez más sofisticadas o sistemas más eficientes, pero si una madre no puede conocer a tiempo qué le ocurre a su hijo, toda esa innovación pierde gran parte de su valor.

Y esa sigue siendo la realidad para millones de personas. Enfermedades que hoy sabemos prevenir, diagnosticar y tratar, como el VIH infantil o la tuberculosis, continúan costando vidas. No por falta de conocimiento científico, sino por la persistencia de barreras que impiden el acceso al diagnóstico y al tratamiento. Es en este contexto donde las alianzas entre instituciones adquieren un verdadero sentido.
Alianza con Unicef
La colaboración entre Unicef y Siemens Healthineers nace de una idea sencilla pero transformadora: acercar el diagnóstico a las personas, y no obligar a las personas a desplazarse para acceder a él. Convertir ese objetivo en una realidad exige actuar de manera coordinada sobre distintos ámbitos.
El primero es la tecnología. En países como Ghana o Costa de Marfil, el despliegue de soluciones de diagnóstico en el punto de atención ha permitido realizar pruebas en los propios centros de salud e incluso en entornos comunitarios. Esto ha reducido de forma muy significativa los tiempos de espera —de meses a pocos días en algunos casos— y ha facilitado que los tratamientos puedan iniciarse prácticamente de inmediato.
«Ningún avance cumple realmente su propósito si no llega a las personas que lo necesitan»
Mejorar el acceso a la salud funciona cuando se combinan
varias cosas a la vez: tecnología que llega, sistemas que
funcionan y comunidades que confían. Pero el cambio no se queda ahí. Acercar el diagnóstico implica mucho más que incorporar nuevos equipos. También requiere fortalecer el funcionamiento de los sistemas sanitarios.
En estos proyectos se han reorganizado redes nacionales de diagnóstico, conectado laboratorios con centros de salud, optimizado el transporte de muestras y digitalizado procesos para que la información llegue antes y con mayor fiabilidad.
Otro elemento esencial ha sido la formación de los profesionales sanitarios. Personal de laboratorio, enfermeras y agentes comunitarios han recibido capacitación para mejorar la toma de muestras, utilizar herramientas digitales y reforzar el seguimiento de los pacientes. La tecnología solo alcanza todo su potencial cuando quienes la utilizan cuentan con la preparación adecuada.
«Mejorar el acceso a la salud funciona cuando se combinan varias cosas a la vez: tecnología que llega, sistemas que funcionan y comunidades que confían»
El tercer pilar es la implicación de la comunidad. Disponer de una prueba diagnóstica no garantiza, por sí mismo, que las personas accedan a ella. Es necesario generar confianza, combatir el estigma y acercar la información a la población. Por ello, estos proyectos también incluyen actividades de sensibilización y apoyo a los profesionales locales.
En Ghana, por ejemplo, cientos de miles de personas han participado en acciones de concienciación sobre tuberculosis y VIH, favoreciendo la detección precoz y contribuyendo a reducir el estigma asociado a estas enfermedades.
La experiencia demuestra que mejorar el acceso a la salud requiere una visión integral. Los mejores resultados se obtienen cuando convergen la innovación tecnológica, unos sistemas sanitarios capaces de responder con eficacia y unas comunidades que confían en ellos. Porque la innovación, por sí sola, no transforma la salud. Lo hace cuando las personas pueden acceder a ella, comprenderla y beneficiarse de sus resultados.
La responsabilidad social no consiste únicamente en desarrollar mejores herramientas, sino en garantizar que lleguen a quienes más las necesitan. Solo entonces la innovación cumple realmente su propósito: ofrecer oportunidades de diagnóstico, tratamiento y vida allí donde antes no existían.
«Los mejores resultados se obtienen cuando convergen la innovación tecnológica, unos sistemas sanitarios capaces de responder con eficacia y unas comunidades que confían en ellos»
La sobrecarga laboral y el estrés afectan al desempeño. Son aspectos que además también impactan en la seguridad del paciente. Las organizaciones más avanzadas están actuando con la implantación de políticas de conciliación y apoyo emocional. Refuerzan la seguridad en el trabajo y previenen agresiones. Estas medidas no son solo programas de RSC, son una inversión directa en la sostenibilidad del sistema.
Retener talento es un reto crítico, pero atraer nuevos profesionales también lo es. Las nuevas generaciones tienen expectativas diferentes. Buscan entornos más humanos y coherentes, valoran la equidad y el propósito y exigen liderazgo responsable y transparente. Las organizaciones deben adaptarse a esta realidad porque, si no, perderán competitividad en el mercado laboral sanitario.
La humanización de la asistencia es otra dimensión esencial en el ecosistema sanitario y mejorar la experiencia del paciente es una prioridad absoluta. Reducir tiempos de espera y diseñar espacios más amables son ya valores que impactan en los resultados en salud.
El tercer ámbito clave es la sostenibilidad económica. Ningún sistema sanitario puede ignorar su viabilidad financiera. La eficiencia en el uso de recursos es imprescindible. Reducir pruebas innecesarias es una obligación ética y también una medida de sostenibilidad.
La digitalización juega un papel determinante porque permite optimizar procesos y mejorar la coordinación, además de facilitar la toma de decisiones basadas en datos. La telemedicina y la inteligencia artificial ganan peso y su implantación debe ser eficiente y responsable. No todo avance tecnológico genera valor por sí mismo.
La sostenibilidad debe integrarse en todos los niveles, desde la dirección hasta la práctica clínica diaria. Esto exige liderazgo comprometido y requiere métricas claras y seguimiento continuo. Medir el impacto es imprescindible; solo así se pueden tomar decisiones informadas. La cultura organizativa debe evolucionar en paralelo porque, sin cultura, no hay transformación real.
En el buen gobierno la transparencia ya no es opcional. La sociedad exige relaciones claras entre actores; la industria farmacéutica y los profesionales deben actuar con rigor. Las administraciones también deben garantizar procesos transparentes. La gobernanza ética refuerza la legitimidad de las organizaciones y evita riesgos reputacionales y legales. Pero, sobre todo, consolida la credibilidad del sistema porque, sin confianza, no hay sostenibilidad posible.
En el buen gobierno, la transparencia es obligatoria: sociedad, industria farmacéutica, profesionales y administraciones deben asegurar relaciones claras y procesos rigurosos.
En este contexto, la sostenibilidad no puede ser un departamento aislado ni debe limitarse a memorias anuales. Es una forma de gestionar la organización que debe integrarse en todos los niveles.
La sanidad del futuro será sostenible por necesidad. No solo por presión normativa. Tampoco solo por imagen corporativa. Será sostenible porque su viabilidad depende de ello. Este es el verdadero cambio de paradigma. Las organizaciones que actúen ahora tendrán ventaja porque serán más resilientes y eficientes y ofrecerán mejor calidad asistencial. Las que no lo hagan quedarán rezagadas y el coste de la inacción será cada vez mayor.





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