Como en tantos otros partidos, en Acción Popular siempre hubo facciones. Aun con Fernando Belaunde en vida. En 1968, en las postrimerías de su primer gobierno, explotó, por ejemplo, el conflicto entre “carlistas” y “termocéfalos”. Y en 1985, cuando estaba por terminar el segundo, “alvistas” y “ulloistas” se despellejaron mutuamente por una candidatura presidencial que al final cosechó apenas más del 7% de los votos. Pero así es la dinámica del poder. O, más bien, la de la aspiración de alcanzarlo. Porque hasta en el más rangalido de los partidos se apuñalan cada cinco años por obtener una nominación que no los llevará a ninguna parte. Se le atribuye a Lenin la máxima: “salvo el poder, todo es ilusión”. Pero en ocasiones es el poder mismo el que provoca la ilusión, e incluso el delirio.
Ilustración: Víctor Aguilar Rúa
Eso es lo que por estos días parecería haber ocurrido, una vez más, en Acción Popular. Después de la faena redondeada por los “niños” en este Congreso, las chances del partido para los comicios de abril se anticipaban escasas, y las encuestas lo confirmaban. Pero quienes se sienten predestinados a ceñirse la banda embrujada no permiten que la realidad turbe sus sueños y seis precandidatos se inscribieron para participar en la competencia interna. Se eligió entonces a los delegados que, una semana después, debían decidir cuál de esos soñadores representaría a la organización política en la puja por la presidencia, y se desató el infierno. Acusaciones sobre “anforazos” en determinadas regiones y delegados suplantados en la lista oficial que la personera presentó ante la ONPE empezaron a menudear entre las facciones que apoyaban a Alfredo Barnechea y Julio Chávez. Y la circunstancia de que los delegados, truchos o firmes, se inclinaran mayoritariamente por el primero llevó al segundo de ellos a impugnar esos resultados, con consecuencias peores que las del problema inicial.
–Nueva instantánea–
Chávez, en efecto, fue advertido de que tal impugnación podía determinar la descalificación absoluta de su partido de la contienda del próximo año y, a pesar de ello, poseído por el espíritu gallardo del arquitecto, dijo: “¡adelante!”. Como Sansón en el relato bíblico, prefirió tirarse abajo el templo de los filisteos y morir allí con ellos a permitir el triunfo enemigo. Así, el JNE anuló las elecciones internas de Acción Popular por “vicio sustancial” y dejó al belaundismo fuera de carrera. La medida ha merecido, por supuesto, inmediatas reacciones bajo la forma de amparos y acusaciones constitucionales, pero nada indica alguna de ellas pueda afectar el hecho incontrastable de que la lampa ha sido suprimida de la cédula de votación. El Sansón del Paseo Colón habrá aplacado su sed de venganza, pero la movida no ha sido precisamente astuta, pues ahora hasta los que integraban su facción y querían postular al Congreso se la van a tener jurada. La cosa por cierto no luce mejor para el otro bando y ni siquiera para los que, sin pertenecer a ninguno de los sectores en pugna, guardaron silencio esperando que se matasen entre ellos. Unos y otros compartirán con Chávez la responsabilidad de haber provocado o consentido que quizás la única virtud que todos le reconocían al partido que nos ocupa – su entraña democrática – se haya escurrido por el sumidero.
Si la última foto que teníamos de Acción Popular era la de una organización que había llevado una morralla de “niños” y “mochasueldos” al Parlamento, ahora habrá que agregarle al álbum otra instantánea en la que la torpeza y el fraude interno –porque es imposible que dos precandidatos hayan ganado la misma elección– destaquen como los rasgos más visibles. A ver, sonsones y filisteos, sonrían.












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