En el último Plenario Nacional de Acción Popular se aprobó la modalidad de elección por delegados. No es una ruptura doctrinaria ni una concesión ideológica. Es, simple y llanamente, una decisión de responsabilidad política en un momento límite. La hora cero del partido. Acción Popular mantiene hoy un padrón que supera largamente los 240 000 militantes. La ley electoral exige que, bajo la modalidad un militante, un voto, participe al menos el 10 % del padrón. En términos reales, eso supone movilizar más de 24 000 afiliados. No es una aspiración: es una obligación legal.
La realidad reciente es contundente y debería bastar para zanjar cualquier discusión honesta. En la última elección interna el partido apenas logró convocar a 13 000 militantes. Ese dato no es una opinión ni una conjetura: es estadística pura. Pretender que, en medio de una crisis orgánica evidente, se duplique esa participación no es convicción democrática; es autoengaño o mala fe. Y, sin embargo, algunos miserables insisten en confundir a la militancia con discursos oxidados, invocando la mística del militante, un voto como si la fantasia pudiera reemplazar a los números. Saben porque no son ingenuos que no se alcanzaría el umbral legal, y aun así empujan ese camino. No por principios, sino porque el fracaso del proceso les resulta funcional. Eso no es defensa de la democracia interna: es una estrategia de extinción. El contexto nacional refuerza el argumento. De los 36 partidos que hoy participan en el proceso electoral, 34 han optado por la modalidad de delegados. Solo dos han elegido el voto universal de militantes, y ambos cuentan con padrones significativamente menores. La conclusión es evidente: cuando el padrón es masivo, el sistema de delegados no solo es válido, es el único viable.
La historia reciente de Acción Popular demuestra, además, que el problema nunca fue el mecanismo, sino las personas. La experiencia pasada con delegados se vio empañada por un fraude cometido por individuos plenamente identificados. Confundir el delito con el sistema es una falacia interesada que solo beneficia a quienes desean el colapso del partido.
La dirigencia no está llamada a administrar nostalgias ni a rendir culto a consignas vacías. Su deber es garantizar que Acción Popular siga existiendo, compitiendo y representando. En política, a veces, preservar la esencia exige tomar decisiones incómodas pero necesarias.
Hoy, Acción Popular está en su hora cero. O asume la responsabilidad de asegurar su participación electoral mediante mecanismos realistas, o se deja arrastrar por el romanticismo suicida de quienes prefieren ver caer al partido antes que perder una interna. La elección por delegados no traiciona la historia de la lampa; la protege del abismo.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.
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