Cada 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Sin embargo, pese a los esfuerzos por reducir las brechas de género, las cifras aún no muestran avances significativos: solo el 30 % de las personas dedicadas a la investigación en el mundo son mujeres, según la Unesco.
Esta tendencia también se refleja en el ámbito nacional, donde en el Perú se registran 4647 mujeres científicas, lo que representa el 34 % del total de investigadores inscritos en el Registro Nacional Científico, Tecnológico y de Innovación Tecnológica (Renacyt) a febrero de 2026.
Cuando niñas y mujeres quedan fuera de la ciencia, los países reducen su capacidad de generar conocimiento, resolver problemas complejos y competir en un mundo cada vez más exigente. La exclusión no es neutral: tiene costos económicos, sociales y estratégicos.
El problema no está en la capacidad ni en el interés inicial. Muchas niñas se acercan a la ciencia con curiosidad y entusiasmo, pero en el camino aparecen barreras menos visibles: estereotipos tempranos; expectativas diferenciadas que, de manera sutil y muchas veces inconsciente, limitan su confianza y perseverancia; falta de referentes; y sistemas educativos que no siempre acompañan su permanencia ni proyección. La brecha, por tanto, no se explica por falta de mérito, sino por entornos que las expulsan silenciosamente.
En el Perú, solo el 35 % de las matrículas universitarias en carreras STEM corresponde a mujeres, según Sunedu (2022). La brecha se profundiza en áreas clave: en ingeniería apenas alcanzan el 30 % y en tecnología de la información no llegan al 15 %. Estas desigualdades, reforzadas por factores territoriales y socioeconómicos, limitan el acceso de niñas y jóvenes a la ciencia y generan una pérdida sostenida de talento que el país no puede darse el lujo de ignorar.
La brecha se profundiza cuando se observa el acceso a posiciones de liderazgo científico. A pesar de la igualdad en formación y desempeño, las mujeres lideran menos proyectos, dirigen menos centros de investigación y participan menos en la toma de decisiones estratégicas. No se trata de falta de capacidad, sino de estructuras que siguen premiando trayectorias lineales y excluyentes. Sin mujeres liderando la ciencia, la innovación pierde diversidad, impacto y legitimidad social.
Promover vocaciones científicas desde edades tempranas exige acciones concretas que aseguren no solo el acceso, sino la permanencia y el liderazgo de niñas y mujeres en la ciencia. Esto implica formación docente para reconocer sesgos inconscientes y fomentar vocaciones científicas; escuelas y metodologías que presenten la ciencia como una posibilidad real para todas y acompañen las trayectorias, especialmente en los momentos de mayor deserción; familias mejor informadas sobre las oportunidades que ofrecen estos campos y que apoyen sin estereotipos; y referentes femeninos visibles que permitan a las niñas imaginarse en la ciencia como participantes y, también, futuras líderes.
Invertir en niñas y en ciencia no es un gesto simbólico ni una discusión sobre cuotas o imposiciones. Es una apuesta por la innovación, la competitividad y el desarrollo sostenible. Es, en esencia, una decisión estratégica para el futuro del Perú. Porque cuando una niña queda fuera de la ciencia, la pérdida no es solo individual: perdemos como sociedad.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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