Que el Perú haya tenido tres presidentes en los últimos cinco años no es solo una estadística preocupante: es el síntoma más visible de una democracia que funciona al límite de su resistencia. Lo verdaderamente alarmante no es solo lo ocurrido, sino que hoy resulte muy probable que el país termine el actual período con un cuarto jefe del Estado. Cuando la excepción se vuelve rutina, la institucionalidad empieza a desdibujarse.
La presidencia de la República, concebida como eje de estabilidad política, se ha transformado en un cargo precario, sometido a una tensión constante entre poderes del Estado. La figura de la vacancia por “incapacidad moral permanente”, ambigua por diseño y expansiva en su uso, ha dejado de ser un recurso extraordinario para convertirse en una herramienta política de uso recurrente en los últimos años. No se trata de defender gestiones fallidas ni errores evidentes, sino de advertir que un sistema donde los presidentes gobiernan con una espada de Damocles sobre la cabeza es un sistema que incentiva la confrontación y castiga la gobernabilidad.
Esta inestabilidad no solo nace en el Ejecutivo. El Legislativo, fragmentado y con baja legitimidad ciudadana, ha optado muchas veces por la lógica del bloqueo antes que por la fiscalización responsable. El resultado es un juego de suma cero: presidentes debilitados, Congresos desprestigiados y un Estado que pierde capacidad de respuesta frente a los problemas reales y urgentes de la población.
Las consecuencias son profundas. La economía se mueve con cautela, la inversión se ralentiza, las políticas públicas carecen de continuidad y la administración pública entra en modo de supervivencia y no de solución. Gobernar deja de ser planificación y estrategia y pasa a ser resistencia. En ese contexto, las reformas estructurales –las únicas capaces de cerrar brechas históricas– quedan relegadas indefinidamente.
Pero el mayor riesgo es político y democrático. Normalizar la caída de presidentes afecta profundamente la confianza ciudadana en el voto, como mecanismo de cambio. Si los mandatos pueden truncarse sistemáticamente desde el Parlamento, ¿qué valor real tiene el voto popular? Esta lógica abre espacio a salidas autoritarias, a liderazgos que prometen orden sin contrapesos y a una ciudadanía cada vez más distante de la política, como se demuestra actualmente.
El Perú no necesita un cuarto presidente en cinco años. Necesita reglas claras, actores responsables y una mínima voluntad de convivencia democrática. Persistir en la inestabilidad no es una estrategia: es una renuncia silenciosa a la posibilidad de gobernar con futuro.













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