Si vemos en la calle a alguien en situación de necesidad, no siempre volteamos para ayudar; muchas veces pasamos de largo. Algunos buenos samaritanos, sin embargo, se detienen y colaboran sin esperar nada a cambio.
De manera similar, cuando un país enfrenta una crisis humanitaria, no todos los Estados intervienen, y aunque algunos pueden tender la mano, pensar que esa ayuda es completamente desinteresada es un tanto inverosímil.
La disciplina de las Relaciones Internacionales considera el realismo político (Hans Morgenthau, 1948) como un enfoque que explica esta dinámica, no desde la moral, sino desde el análisis del poder. En el contexto venezolano reciente, esta teoría se hace presente.
El realismo sostiene que el sistema internacional es esencialmente anárquico: no existe una autoridad superior con capacidad coercitiva efectiva. En ese entorno, los Estados priorizan sus intereses nacionales, seguridad y supervivencia.
Sobre el caso venezolano, no sería razonable considerar que Estados Unidos buscó liberarlos de la opresión de una dictadura solo por humanidad. Como bien explica el realismo: el poder, la competencia y el cálculo estratégico son factores centrales en política exterior.
No obstante, en este punto específico, y más allá de intereses particulares, una parte significativa de la población venezolana, así como numerosos Estados democráticos, ha expresado su respaldo a la detención del líder autócrata que durante años mantuvo al país bajo un régimen de autoritarismo político y profundo deterioro socioeconómico.
Sin embargo, al mismo tiempo, juristas y especialistas en derecho internacional han cuestionado la legalidad de dicha acción al advertir posibles vulneraciones a los principios fundamentales de la Carta de las Naciones Unidas, en particular aquellos relativos al respeto de la soberanía de los pueblos.
Esta es una controversia que no es reciente. Ciertamente, el realismo político surge como reacción a la corriente idealista (Woodrow Wilson, 1918), que confiaba en que las normas, el derecho y las instituciones internacionales bastarían para garantizar la paz. Sin embargo, la experiencia venezolana demuestra que durante años el apego formal al derecho no produjo cambios sustantivos ni alivió el sufrimiento de la población.
En este escenario se presentan dos posiciones razonables frente a un caso altamente cuestionado, en un contexto actual de profunda reconfiguración geopolítica. Esta reconfiguración parece imponerse, en ocasiones, sobre los principios democráticos y expone un debilitamiento en la calidad del sistema democrático global, particularmente visible en la política exterior de Estados Unidos.
Las recientes declaraciones del presidente estadounidense han puesto en evidencia un interés explícito por ejercer influencia estratégica fuera de sus fronteras, como en Groenlandia, por ejemplo, donde reiteró su deseo de “propiedad” por razones de seguridad nacional.
En América Latina, tras una operación militar liderada por Estados Unidos en Venezuela que derivó en la captura de Nicolás Maduro, el gobierno estadounidense declaró que no habría más petróleo ni recursos procedentes de Venezuela para Cuba e instó a La Habana a negociar con Washington antes de que fuera “demasiado tarde”, generando fuertes respuestas en defensa de la soberanía por parte del gobierno cubano.
En este panorama, el debate sobre los límites del poder se abre nuevamente:
¿El fuerte puede ser incontrolable? ¿El débil necesita su intervención?
Es incuestionable que Venezuela enfrentaba una situación que superaba sus capacidades internas de resolución. También queda claro que las manifestaciones del gobierno estadounidense muestran su orientación hacia la dominancia en el sistema internacional. Esta es una cruda realidad.
La teoría siempre debe conectarse con la práctica, y como en toda situación, siempre debe haber un balance estratégico. La historia nos muestra que en muchos casos pueblos han sido salvados mediante acciones excepcionales, como la liberación de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, la intervención de la OTAN en Kosovo o las operaciones humanitarias en Sudáfrica, entre otros conflictos. Estas intervenciones han estado fuera del marco legal establecido, pero su impacto en la protección de vidas y la supervivencia de comunidades ha sido decisivo.
Cabe resaltar que estos casos de realismo político no defienden una postura, solo explican los hechos.
¿Qué pasará con la Venezuela actual? No es predecible; la incertidumbre es parte de las transiciones, pero lo que sí se puede interpretar es que los últimos eventos muestran que la dinámica del poder sigue siendo el eje central de las relaciones internacionales, y no se puede negar que el pragmatismo, la interpretación flexible de las normas y la adaptación a circunstancias excepcionales se presentan cuando la teoría se enfrenta a la realidad.
La política internacional, como la vida misma, no se mueve en términos absolutos: siempre habrá un débil y un fuerte, existirán excepciones y será necesario un control internacional que limite los excesos del poder. Comprender esto no significa justificar un escenario, sino aceptarlo y aprender a manejarlo. Esa es la dinámica de la vida y, por supuesto, del mundo en el que vivimos.













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