Durante una visita de casi tres semanas a Argentina y el Perú, donde entrevisté a los presidentes de ambos países, muchos amigos me hicieron la misma pregunta: “¿Quién está gobernando Venezuela?”. Mi respuesta fue encogerme de hombros y decir: “Los mismos corruptos de siempre”.
El presidente Donald Trump dice que está “manejando” el Gobierno de Venezuela tras la captura del exdictador Nicolás Maduro. Trump incluso publicó una foto suya en las redes sociales, autodenominándose “presidente interino de Venezuela”.
También dijo que había hablado extensamente con la exvicepresidenta de Maduro, ahora presidenta encargada, Delcy Rodríguez, a quien describió como una “persona fantástica” que, presumiblemente, seguirá sus órdenes.
Pero Venezuela sigue gobernada por el régimen de Maduro. Es cierto que Rodríguez ha liberado a decenas de presos políticos, pero aún quedan centenares, según la organización de derechos humanos Foro Penal.
Rodríguez también ha prometido aumentar los envíos de petróleo a Estados Unidos, algo que Maduro ya había ofrecido repetidamente a cambio del levantamiento de las sanciones petroleras estadounidenses.
Más importante aún, Rodríguez y los principales jerarcas de la dictadura, incluidos el poderoso ministro del Interior, Diosdado Cabello, y el ministro de Defensa, Padrino López, siguen controlando el ejército, la policía, los servicios de inteligencia, los escuadrones paramilitares conocidos como “colectivos”, el Poder Judicial y los medios estatales.
Es más, Rodríguez sigue llamando “presidente legítimo” a su antiguo jefe, y la televisión estatal describe su captura como un “secuestro”.
En otras palabras, para los venezolanos, poco ha cambiado. En todo caso, hay un “madurismo sin Maduro”.
Funcionarios del gobierno de Trump argumentan que sería imprudente invitar a los líderes de la oposición a formar un nuevo gobierno ahora, citando lo que pasó en Iraq tras la invasión estadounidense allí. Temen que un gobierno opositor enfrentaría resistencia de los militares y la burocracia, y conduciría al caos.
Pero ese argumento corre el riesgo de perpetuar una dictadura sangrienta y ahuyentar a los inversores extranjeros.
En lugar de elogiar a Rodríguez y afirmar falsamente que la lideresa opositora María Corina Machado “no tiene el respeto ni el apoyo dentro de Venezuela para liderar el país”, Trump debería haber presentado un plan con pasos concretos para la restauración de la democracia.
Sin embargo, al momento de escribir este artículo, Trump no ha presentado un cronograma con medidas que lleven a elecciones libres, como la restauración de la libertad de prensa y el derecho al voto para los más de ocho millones de venezolanos en el exterior.
En su primera conferencia de prensa después de la captura de Maduro, Trump habló extensamente sobre petróleo, drogas y migración, pero no mencionó la palabra ‘democracia’ ni una sola vez. Dijo que una transición podría llevar “años”.
El exembajador de Estados Unidos en Venezuela Charles Shapiro me dijo que mantener el régimen actual no traerá estabilidad, sino todo lo contrario.
Shapiro propone que Trump nombre “un grupo de notables” para sentar las bases de elecciones libres. Las negociaciones podrían llevarse a cabo en la Nunciatura en Caracas, agregó.
Estoy de acuerdo. Ante la ausencia de un cronograma para el restablecimiento del Estado de derecho, puede que Trump pronto se olvide de Venezuela, el régimen de Rodríguez se consolide como una dictadura “tolerable” para la Casa Blanca, y Venezuela no sea ni rica ni libre. El momento de iniciar ese proceso es ahora.
–Glosado y editado–
© El Nuevo Herald. Distribuido por Tribune Content Agency, LLC












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