Marcar un antes y después al comienzo de un gobierno es probablemente la decisión política de mayor coraje, ambición, riesgo y suerte de un presidente o presidenta.
De pronto, el día siguiente sin vuelta atrás que ha venido persiguiendo Keiko Fujimori hace veinte años ya lo tiene ante sí, a escasas horas de su asunción al poder.
Habría llegado el momento justo, para ella, de dar un golpe de timón crucial, capaz de cambiar democráticamente el rumbo del Perú, fustigado por el crimen organizado, la corrupción transversal y la degradación estatal, en el marco de la más profunda crisis institucional política, fiscal, judicial y policial del siglo XXI.
Tendría que ser el día siguiente sin vuelta atrás, similar al que su padre, Alberto Fujimori, materializó el 8 de agosto de 1990, cuando puso fin a la hiperinflación de Alan García. El brutal shock económico y financiero de entonces arrancaría la frase histórica “Que Dios nos ayude” del ministro Juan Carlos Hurtado Miller, y el inicio de la estabilidad macroeconómica peruana más sólida y perdurable de América Latina.
Al día siguiente sin vuelta atrás de ese anunciado shock, la gasolina pasó a costar 30 veces su precio anterior, pero a cambio de acabar de raíz con dos de los peores males de nuestra historia: la emisión monetaria sin respaldo y el extremado déficit fiscal.
Keiko Fujimori sabe que su primer día siguiente sin vuelta atrás, y los que vengan, serán parte compleja de hacer Gobierno y Estado y de hacer también Nación, como nadie lo ha intentado desde el poder.
Somos un país único en el mundo, de todas las sangres y de todas las razas, sin que todas esas sangres y todas esas razas puedan reconocerse y reconciliarse.
Somos el amor y el odio, la alegría y el sentimentalismo, la sinceridad y la hipocresía, el emprendimiento y la informalidad atravesados en costa, sierra y montaña, como lo hemos sido siempre en monarquía, en república, en autoritarismo y en democracia.
Sea cual fuere, el día siguiente sin vuelta atrás deberá encajar en un país hecho de dolorosas dualidades: de esperanzas y frustraciones, de méritos e ingratitudes, de triunfos y desgracias, de lealtades y traiciones, de respeto a la ley y conspiraciones al paso.
¿Podrá Keiko Fujimori hacer que los peruanos transitemos con más seguridad, menos incertidumbre y mejor suerte por esas viejas y dolorosas dualidades?
Necesitamos un día siguiente sin vuelta atrás que acabe con el crimen organizado, como los días siguientes sin vuelta atrás que causaron el colapso operativo del terrorismo de Sendero Luminoso y del MRTA, con las capturas de Abimael Guzmán (12/09/1992) y de Víctor Polay Campos (julio de 1992), respectivamente.
Por una ironía del destino, Keiko Fujimori viene a encontrarse, cara a cara, con los rezagos políticos e ideológicos de Sendero y del MRTA, que buscarán ahora, bajo el disfraz del voto democrático, como ya lo intentaron con Pedro Castillo, destruir no solo su gobierno y sus propósitos de apertura y reconciliación, sino el sistema constitucional.
Estamos advertidos: más de un Caballo de Troya se ha instalado en el Congreso.












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