Especial Odontología iSanidad 2026
Luis de Haro, director general de iSanidad
Tener la titulación de odontología otorga un derecho administrativo vitalicio, pero la praxis clínica exige un compromiso que va mucho más allá. En el ámbito de la salud bucodental, de cualquier aspecto de la odontología, la formación no es accesoria. Quien se licenció hace años sigue ostentando, a ojos de la Administración, la condición de dentista; sin embargo, no habilita por sí solo para abrir una boca; hoy en día no es solo una temeridad técnica, es una profunda quiebra deontológica.
La formación continuada en odontología es una obligación ética irrenunciable y la principal garantía de seguridad para el paciente
La odontología ha dejado de ser una disciplina de evolución lineal para convertirse en un ecosistema de transformación acelerada. En apenas veinte años hemos asistido a una revolución difícilmente comparable con cualquier otra etapa histórica de la profesión: digitalización de procesos clínicos y de laboratorio; diseño y fabricación asistidos; expansión de escáneres intraorales; impresión 3D; implantología guiada por cirugía digital; nuevos biomateriales regenerativos; o avances en adhesión y estética dental.
La realidad es que ha cambiado radicalmente la forma de diagnosticar y tratar a los pacientes. Un profesional que decida ejercer deteniendo su reloj de aprendizaje el día de su graduación estará aplicando, inevitablemente, una odontología de museo.
Pero la cuestión trasciende la mera incorporación de tecnología. La actualización permanente no consiste únicamente en aprender a utilizar nuevos dispositivos o programas informáticos. Significa comprender la evolución de la evidencia científica, revisar protocolos clínicos, identificar riesgos emergentes y abandonar prácticas menos eficaces o incluso perjudiciales. La ciencia avanza precisamente porque cuestiona sus propias certezas, y ninguna profesión sanitaria puede permitirse permanecer anclada en dogmas del pasado.
La formación continua en odontología es un deber profesional
La formación continuada en el ámbito sanitario no puede ser percibida como una opción o un mero trámite para acumular méritos; es una obligación ética irrenunciable y el único escudo real frente a la mala praxis. Cada curso, cada congreso, cada artículo científico revisado y cada sesión clínica representan una inversión directa en la seguridad del paciente. La verdadera actualización profesional no busca engordar un currículum, sino mejorar la capacidad de tomar decisiones clínicas acertadas en situaciones cada vez más complejas.
La Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias (LOPS) ya lo advierte en su articulado: la formación continua constituye un deber profesional. Sin embargo, el cumplimiento formal de una exigencia legal resulta insuficiente para explicar la dimensión real del problema. La verdadera frontera es moral. El paciente acude al gabinete odontológico bajo un principio de confianza prácticamente absoluta. Se sienta en el sillón sin disponer de los conocimientos necesarios para evaluar la calidad científica de las decisiones que se van a tomar sobre su salud. Asume, legítimamente, que las manos que le atienden manejan la evidencia más actualizada, los materiales más seguros y los procedimientos más eficaces disponibles.
Esa relación de confianza crea una enorme responsabilidad profesional. Un profesional que renuncia a la formación continuada y desconoce los avances científicos rompe el contrato moral implícito que mantiene la confianza. Ofrecer tratamientos obsoletos, ignorar recomendaciones consolidadas por la literatura científica o utilizar técnicas superadas por mera comodidad intelectual supone una forma de engaño que rara vez es percibida por quien recibe la atención, pero cuyos efectos pueden prolongarse durante años.
La excelencia de una clínica o de un profesional no se mide por su equipamiento tecnológico, sino por integrar el saber y el aprendizaje constante
El aprendizaje continuo aporta una dimensión que con frecuencia se pasa por alto: cuanto más estudia un profesional, más consciente es de la complejidad de su disciplina y de las limitaciones de su propio conocimiento. La formación en odontología no solo enseña nuevas técnicas; también ayuda a identificar errores, desmontar sesgos.
Evita el peligroso convencimiento de que la experiencia acumulada basta por sí sola para garantizar una buena práctica clínica. De hecho, algunos de los mayores riesgos para la calidad asistencial nacen precisamente de la falsa sensación de suficiencia que puede acompañar a los años de ejercicio.
El mercado, las inspecciones sanitarias y los tribunales suelen ser implacables con el inmovilismo. Las demandas por mala praxis técnica no perdonan al profesional estancado en el pasado. Sin embargo, reducir la actualización al miedo a una sanción disciplinaria o judicial sería una visión empobrecida de la profesión. La excelencia en odontología no surge de evitar castigos, sino de cultivar una inquietud permanente por aprender. Las mejores clínicas no son las que poseen más tecnología, sino las que convierten el conocimiento y la mejora continua en su cultura profesional.






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