Fervor y memoria de una Argentina irreductible, por Carmen McEvoy

“Argentina no es solo un mal perdedor”, afirmó un columnista de “The Spectator”, sino un “horroroso ganador”. Prosiguiendo con una línea editorial generalizada en Gran Bretaña, y que no hace sino expresar la frustración de un antiguo imperio frente a su inimaginable derrota futbolística, el dedo intentó apuntar a la “arrogancia” del equipo vencedor. En ese sentido, la banderola que desplegó el equipo argentino luego de su triunfo, descrita como “desgraciada y mentirosa”, era la prueba contundente de una “leyenda” (Las Malvinas son argentinas) absurda. Porque, a pesar de que la inobjetable victoria blanquiceleste les otorgó a millones de argentinos el privilegio de una clasificación con “dignidad”, al resentido contrincante le ganó, de acuerdo a “The Spectator”, la “falta de compasión y la crueldad”. Lo que me lleva directamente a lo que nunca se menciona en estos ataques: el impacto emocional de una guerra terrible en la que centenares de jóvenes reclutas argentinos fueron enviados, por un dictador alcoholizado, a una muerte segura. Y, aunque han pasado 44 años de un acto vil e inhumano, entre los centenares que cometió una dictadura asesina, todavía nos duele. Tanto o igual como la arrogancia –vale regresar al concepto de “The Spectator”– de un thatcherismo que utilizó la estupidez e irresponsabilidad del general Galtieri para reforzar la imagen y el poderío militar de una potencia en declive.

Tuve el enorme privilegio de estar en Buenos Aires ofreciendo una conferencia sobre las relaciones peruano-argentinas, una coincidencia que me permitió compartir la victoria deportiva, así como verificar los fundamentos culturales de una república hermana, que sigue sobreviviendo a desafíos inimaginables. Entre ellos, el egoísmo y la corrupción que, como en el caso peruano, trituran y destruyen todo lo que se cruza por su camino. Sin embargo, lo que conmueve y admira, en medio de un ajuste económico implacable, es aquella enorme creatividad y belleza que sigue viva en la ciudad capital pero también en el interior. Ciertamente, cada museo, centro cívico, obra de teatro, club deportivo y, cómo no mencionar, el estupendo edificio que custodia el Archivo General de la Nación, son espacios de memoria y de resistencia colectiva ante esas “leyes del mercado”, dictaminadas unilateralmente en nuestra desventurada región. Luego de la charla que ofrecí en el Instituto Sanmartiniano, organizada por nuestra excelente embajada, recibí de regalo un estudio donde Florencia Gosso analiza en detalle la labor cultural del general San Martín en Lima. Un ejemplo es la creación de la Biblioteca Nacional, a la cual donó su colección de libros; el otro, la fundación de un museo capaz de preservar la cultura peruana, cuyo pasado precolombino el comandante de los granaderos tanto admiró. “Los monumentos que quedan de la antigüedad del Perú son una propiedad de la nación, porque pertenecen a la gloria que deriva de ellos”, subrayó San Martín en ese genial decreto en el cual el Estado Peruano asumió la responsabilidad de custodiar los tesoros “inapreciables” de los antiguos peruanos. En breve, la nación peruana se enraíza no solo en su ilustración europea sino en su riquísimo pasado indígena.

Volviendo a la victoria contra Inglaterra, esta no solo reabrió “la herida colonial” sino el dilema racial –sugiero leer a Erika Edwards–, una situación que nos lleva directamente a esos “indios” a los que se refirió el entrenador Lionel Scaloni. “Hay que tener un coraje borgeano” para pararse en una conferencia de prensa tras eliminar a Inglaterra y decir que tus jugadores son unos “indios, en el mejor sentido de la palabra”, señala Laura Beatriz Vilte en un fascinante artículo. En ese contexto, ser “indio” no es un insulto sino la cumbre del desarrollo táctico-emocional, que consiste en no tenerles miedo a los escenarios extremos. En breve, “jugar con la desfachatez de un chico de 7 años en el barro y poseer una resiliencia inmune a los manuales de etiqueta europeos”. Sin embargo, y acá regreso nuevamente a la prensa británica, para quien “la valentía indomable” va acompañada de la genialidad de Messi. Nieto de inmigrantes italianos e hijo de la clase media aspirante, ahora devastada por una crisis estructural, el admirador de Diego Maradona ve al fútbol como un “problema de matemáticas” que, aunque no deja de hacerlo feliz, será resuelto en su “propio plano espacio-tiempo”. En esa compleja fusión cultural, que nos recuerda al jardín de los senderos que se bifurcan del gran Borges, reside la grandeza de Argentina.

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