El próximo quinquenio (2), por Martín Tanaka

Hace unas semanas, antes de la segunda vuelta, especulé brevemente en estas páginas sobre cómo podría lucir el próximo quinquenio. Ahora, con la proclamación de la presidenta electa, cabe ampliar el comentario.

Desde la izquierda se suelen esperar descalabros, desde la derecha un futuro promisorio; en el mundo urbano prima el optimismo, en el rural la desconfianza. Las expectativas expresan más las simpatías y preferencias de los analistas y ciudadanos. ¿Cómo salir de este impasse? Recordar el desempeño de los últimos gobiernos, así como el de Keiko Fujimori y el de la bancada de Fuerza Popular nos puede dar algunas pistas. Al mismo tiempo, considerar las posibilidades y restricciones que impone la conformación del nuevo Congreso bicameral, y los incentivos que podrían modelar la conducta de la futura presidenta.

Con esto en mente, podría decirse que muy probablemente el gobierno muestre una tendencia de la que ninguno de los anteriores pudo escapar: un inicio con expectativas moderadas, que se desgasta rápidamente, y luego muestre niveles bajos de aprobación durante buena parte de la gestión. Esto, como consecuencia de la distancia que casi inevitablemente habrá entre las expectativas de la ciudadanía y la dificultad y lentitud de nuestro aparato público para concretar las respuestas gubernamentales. A esto habría que sumarle la aparición, difícilmente evitable, de problemas de corrupción en diferentes niveles, de los que la presidenta deberá deslindar con rotundidad.

Otras cosas que podrían recordar dinámicas del pasado inmediato son la repetición de la coexistencia paradójica entre una dinámica de crecimiento económico significativa, consecuencia de retomar una lógica promercado, de un buen entorno internacional y de expectativas empresariales favorables, y cierto nivel de protesta social (frente a grandes proyectos de inversión minera, por ejemplo) y de descontento ciudadano. La gran interrogante es qué rumbo seguirá el gobierno respecto a la actuación de las fuerzas del orden ante este escenario: ¿se impondrá un camino represivo, buscando “carta libre” y evitando complicaciones ante posibles violaciones de derechos humanos, como el seguido desde el gobierno de Boluarte e impulsado por iniciativas legislativas identificadas con personajes como Fernando Rospigliosi, o se buscarán caminos de diálogo y negociación y el respeto a la autonomía del sistema de justicia?

La presidenta probablemente querrá evitar cuestionamientos y conflictos, pero tiene dentro de sus filas a un importante grupo de presión que empuja a salidas de “mano dura”. En parte los necesita para enfrentar, desde su perspectiva, los problemas de inseguridad, pero la pueden complicar si extiende su influencia para llegar hasta el manejo de conflictos y aún más allá, hasta alcanzar la independencia del sistema de justicia. Estas tensiones nos podrían anunciar, también como en el pasado, una dinámica contradictoria, con alas en disputa, con marchas y contramarchas.

Si bien Fuerza Popular luce como el partido más estructurado del país, y con el liderazgo más firme, tampoco está exento de problemas. Fujimori ha mantenido cohesionado su partido y legitimado su liderazgo en el interior dando cabida a sectores e intereses muy disímiles, y haciendo permanentemente concesiones a los mismos, de allí la conducta un tanto errática de su partido en los últimos años. A esto habría que sumar las presiones del aliado más próximo, Renovación Popular, que empujan a la “dureza”, pero también la contención que podría imponer el Partido del Buen Gobierno, necesario para construir mayoría.

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