Otra vez se asoma El Niño y otra vez nos encuentra desprevenidos. La probabilidad de que sea uno fuerte o muy fuerte es alta. Según reportes periodísticos, la mayoría de ministerios, gobiernos regionales y municipios no ha gastado ni la mitad del presupuesto asignado para obras de prevención. Algunos recién están preparándose para licitarlas. Veremos si llegan a tiempo.
Otra vez se asoma El Niño y otra vez nos encuentra desprevenidos. La probabilidad de que sea uno fuerte o muy fuerte es alta. Según reportes periodísticos, la mayoría de ministerios, gobiernos regionales y municipios no ha gastado ni la mitad del presupuesto asignado para obras de prevención. Algunos recién están preparándose para licitarlas. Veremos si llegan a tiempo.
Pero no se trata solamente de demoras. Si el problema fuera ése, nos quedaría, por lo menos, el consuelo de que estaremos listos no para ésta, pero sí para la próxima ocasión. En realidad, si el problema fuera solamente la demora, ya deberían estar terminadas las obras iniciadas a destiempo para el último El Niño que pasó. Sin embargo, la demora se repite y se prolonga indefinidamente. Un patrón de conducta semejante tiene que obedecer a una motivación oculta, sobre todo si es una conducta disfuncional, en cuyo caso la motivación debe de ser también disfuncional.
No es, creemos, un problema de planeamiento ni siquiera de corrupción; es, más bien, un problema de desinterés o menosprecio de la prevención en sí. Y no solamente desinterés o menosprecio por parte de las autoridades: la población les reclama la falta de prevención en el momento, pero no se la exige cuando las elige o inclusive reelige.
Lamentablemente, es algo que está en el alma nacional. La gente se rebela contra todo lo que pretenda imponerles un mínimo de prevención. Prefiere que el municipio haga otras obras –una losa deportiva, un monumento al árbitro o algo más grotesco–, pero encauzar el río le parece, literalmente, tirar la plata al agua. Quiere tener de qué vivir si la despiden del trabajo o cuando se jubile, pero prefiere que la CTS sea de libre disponibilidad y retira todo lo que puede de su fondo de pensiones cada vez que el Congreso se lo permite.
Sospechamos, pues, que las autoridades, sobre todo las locales, solamente están respondiendo racionalmente a las preferencias de la población cuando se demoran en ejecutar o ni siquiera ejecutan las obras de prevención que se necesita. “Racionalmente” en un sentido perverso, en el que principalmente cuentan la popularidad y las probabilidades de reelección. Lo que quiere decir que, si queremos estar alguna vez preparados para El Niño, va a tener que centralizarse el planeamiento y la ejecución de las obras (y también, por supuesto, la responsabilidad) en las más altas esferas del gobierno.












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