Balcázar no parece ser consciente de lo transitorio del encargo que recibió. 

El congresista José María Balcázar llegó a la presidencia a consecuencia de una serie de eventos fortuitos y con una agenda muy acotada. Tras el licenciamiento de José Jerí, fue elegido efectivamente por una mayoría parlamentaria negociada a último momento y sobre la base de acuerdos no revelados. De cualquier forma, habida cuenta de que iba a estar unos pocos meses en el cargo y en medio de un proceso electoral, se entendía que su responsabilidad esencial era asegurar que esos comicios se desarrollasen limpiamente y en paz, al tiempo de hacer lo que pudiera para evitar que la inseguridad en el país no continuara empeorando. Nada más. Rápidamente, sin embargo, se hizo claro que él no estaba dispuesto a desaprovechar la notoriedad y el poder adquiridos azarosamente, y que haría lo posible por dejar huellas de diverso tipo de su paso por el poder. Aprovechó cada presentación pública para alardear de una ilustración fatua –como cuando peroró de modo descaminado e históricamente errado sobre Hitler y el nazismo–, causó un incidente internacional a propósito de la compra de los aviones F-16 a Estados Unidos y trabó lo poco que se había avanzado en el intento de reforma de Petro-Perú.

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