La esclavitud en todas sus formas es el peor flagelo humano de la historia. Muy antigua, se remonta a los inicios de las primeras “civilizaciones” donde una clase social, principalmente la de los guerreros y burócratas, explotaba a personas de otras culturas que ellos dominaban para utilizarlos como mano de obra barata con la finalidad de que produzcan en beneficio de los primeros.
Aún peor, como por ejemplo sucedió en la Roma clásica, el ‘dominus’, es decir, el señor dueño del esclavo, podía matarlo, darles feroces castigos, muchos latigazos, venderlo y manumitir, o sea, darle libertad.
Con el tiempo, la esclavitud empezó a desaparecer, al menos formalmente, en Europa, pero resurgió cuando en el famoso renacimiento se formaron los primeros grandes imperios occidentales cuyas formas de gobierno fueron las monarquías absolutas. Estas, unas más que otras, luego del descubrimiento de América restablecieron la esclavitud, pero esta vez con personas de origen africano, incluso con los aborígenes americanos.
Uno de los oficios más repugnantes de aquellas épocas fue el de los denominados “negreros”, mercaderes de esclavos que a través de sus galeones trasladaban africanos, en condiciones infrahumanas, a los distintos virreinatos y colonias americanas de entonces.
Ante esta terrible realidad que lacera y ofende la dignidad humana, salvo excepciones, además de las famosas Leyes de Indias que los encomenderos no cumplían, la Iglesia como institución no alzó su voz. Ello porque, aunque a usted le parezca increíble, esta monstruosa forma de explotación se “veía” como normal y todavía hay delincuentes y personas inhumanas que lo ven así. Realmente increíble para una persona civilizada de nuestros tiempos.
Esta realidad es tratada por León XIV en su reciente encíclica, con caridad y valentía cristiana. Al respecto, afirma: “Se trata de una herida en la memoria cristiana a la que no podemos considerarnos ajenos”, palabras escritas por San Juan Pablo II en la Bula Incarnationis Mysterium, y a renglón seguido dice que es inevitable “sentir un profundo dolor al considerar el enorme sufrimiento y humillación que la esclavitud ha significado para tantas personas, en contraste con la dignidad sin límites de cada una de ellas, amadas infinitamente por el Señor. Por eso, en nombre de la Iglesia pido sinceramente perdón”.
Hay otros que, como el Papa, deberían pedir perdón pero no lo hacen. No me cabe la menor duda de que el reino de los cielos no esté abierto para los esclavistas de antaño y los explotadores de hogaño. Pero hay algo más. Con la esclavitud, Occidente como cultura traiciona sus tres principales aportes: el cristianismo, el humanismo, el pensamiento crítico y autocrítico.













Deja una respuesta