Roberto Sánchez ha sido o ha querido ser muchas cosas a lo largo de esta campaña. Extemporáneo reservista de Antauro en el sanguinario Andahuaylazo, portapliegos del fiscal alunado en la resaca del caso “Cócteles”, monaguillo de una fe incierta que pasa la canasta de la colecta varias veces durante una sola misa, rudo licenciador de Julio Velarde del BCR, diputado por Lima, panetón… En todas ellas fracasó, como es obvio. Pero eso no habría importado si el éxito le hubiera sonreído en la más audaz de sus apuestas: la de hacer de perchero. Esto es, de pieza de mobiliario que sirve para colocar sobre ella un sombrero. El candidato de Juntos por el Perú, en efecto, procuró construir una identidad política encajándose sobre la testa entintada un chambergo chotano como el que solía usar Pedro Castillo hasta que dio su golpe chapucero (y tuvo que sacárselo para pasar por la estrecha puerta que conduce a todo calabozo).
Ilustración: Víctor Aguilar Rúa
Fue aquel, decíamos, un gesto audaz de parte de Sánchez, pues equivalía a revertir una famosa frase bíblica y anunciarles a los votantes del centro y el sur andino: “No soy el que soy”. Proponerles, en buena cuenta, ignorar su origen huaralino, olvidar su condición de vecino de San Borja, no prestarle atención al hecho de que a lo largo de los últimos cinco años había formado parte del Congreso que ellos repudian y hasta pasar por alto su voto en abstención cuando se resolvió la vacancia del expresidente cuya reivindicación supuestamente buscaba. “Yo soy el vehículo para reinstalar a Castillo en el poder y cobrarles la revancha a los soberbios limeños y a los perversos socios del pacto mafioso”, era el mensaje que transmitía. Aunque dejaba sugerido también que, bueno, si llegaba a Palacio, de algunos de los privilegios del cargo tendría que gozar, ¿no?
Un antiguo refrán criollo sobre el cuidado que se debe a un enfermo dice: “Si con caldo mejora, caldo a toda hora”. Un modo de aseverar que, para triunfar en cualquier empeño de esta vida, conviene insistir hasta la saciedad en aquello que hasta el momento ha funcionado. Con el cuento del sombrero, Sánchez logró clasificar al balotaje y por eso no sorprende que durante la segunda vuelta diera la impresión de no habérselo sacado ni para ducharse. Le confirió un rol protagónico sobre todo la noche del 7 de junio, cuando asomado a un balcón sobre la plaza San Martín no dejaba de acomodárselo mientras extasiado proclamaba: “¡El pueblo ya sabe de quién es la victoria!”. En fin, a lo mejor tenía razón. Pero el problema es que el pueblo se abstuvo de comunicarle a tiempo lo que ya sabía…
Ahora ya todos sabemos que ese fue un orgasmo precoz y que no hay recurso que pueda cambiar su suerte ingrata. Lo saben sus otrora aliados, que van retirándose de la fiesta con la gravedad de quien sale de un velorio, y lo sabe él, a pesar de su actitud de derrotado contumaz, dispuesto a cuestionar hasta la tinta con la que fueron marcados los votos que no lo favorecieron. ¡Cualquier cosa con tal de demorar el momento en el que, pasada la turbulencia, alguien levante el sombrero para ver que había debajo y ponga al descubierto su irrelevancia política! Porque quien lo haga se topará inevitablemente con la última transformación del hombre que tantas cosas fue o quiso ser durante la campaña. Esto es, con aquella que, como dijo el poeta, lo convertirá “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”.













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