Aunque el conteo oficial no ha terminado todavía, los resultados del domingo se pueden graficar y se han graficado en un mapa de dos colores, con los 24 departamentos y la provincia constitucional del Callao pintados de verde o anaranjado, según el candidato que haya obtenido la mayoría de votos en cada uno. Lo que se ve es una columna verde que baja de Amazonas y Cajamarca hacia el sur, con un filo anaranjado a la izquierda, de Tumbes a Ica, solamente interrumpido por Áncash, y otro a la derecha, conformado por Loreto. La imagen invita a pensar en un “país fracturado”.
Pero eso no pasa de ser un lugar común, que, como se dice del sentido común, es el más común de los lugares (al menos, en el Perú). En una elección con solo dos opciones, es inevitable que el mapa se pinte de dos colores; es inclusive esperable que una mitad o un poco más se pinte de un color, y la otra mitad o un poco menos, del otro. Lo llamativo es quizás la continuidad; esto es, que departamentos contiguos tengan un mismo color, uno tras otro, de norte a sur. Da la impresión de que hay una columna central, como hemos dicho, que representaría el Perú “profundo”, y a sus costados el Perú “moderno” y el Perú –¿cómo llamarlo?– “amazónico”.
Esa impresión es producto de usar un mismo tono de verde o anaranjado, según sea el caso, independientemente del porcentaje obtenido por el candidato ganador. Si usamos dos tonos de verde, el mapa se ve muy diferente. Del centro hacia arriba, salvo Cajamarca, todo es verde claro, con lo que queremos decir su votación no supera los dos tercios y que hay en esos departamentos una minoría sustancial. Solamente hay nueve verdes oscuros y ningún anaranjado intenso.
Más aun, el color no es necesariamente uniforme. Dentro de un departamento verde puede haber provincias anaranjadas y viceversa; y dentro de una provincia anaranjada puede haber también distritos verdes y viceversa. La impresión inicial se transforma en un cuadro impresionista, con colores menos sólidos y más matices.
Como el discurso del centralismo, que comentábamos el viernes pasado en esta columna, el discurso del país fracturado no refleja exactamente la realidad. Sirve para polarizar la discusión, pero no para entender nuestros problemas, localizar sus causas y buscar soluciones efectivas. Mientras nos quedemos en impresiones iniciales, es difícil avanzar.
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