Jano era el dios romano de las puertas, del paso de una cosa a otra, el instante en que algo se cierra y algo empieza; por eso tenía dos rostros. Uno miraba hacia atrás; el otro, hacia adelante. Una segunda vuelta debería ser eso, un umbral. En la primera vuelta los candidatos sobreviven mirando al pasado, a sus votantes más originarios; en la segunda deben moderarse para mirar el futuro. En la segunda vuelta hay que convencer a quienes dudan, tranquilizar a quienes temen, corregir lo que se carga y abrir una expectativa de gobierno.
El problema de Keiko Fujimori y Roberto Sánchez es que ambos llegaron al umbral, pero lo han cruzado de distintos modos. Keiko mira hacia adelante y promete mano dura, orden, seguridad, estabilidad económica. Pero su otro rostro sigue mirando hacia atrás. Allí aparece la sombra de su padre, los noventa, el autoritarismo, el antikeikismo que secuestró la gobernabilidad del país con su mayoría congresal del 2016, la idea de que el poder no se ejerce para gobernar sino para cobrarse venganzas políticas. No basta con ofrecer estabilidad si una parte importante del país recuerda que Fuerza Popular también fue una máquina de inestabilidad.
Keiko ha creído que el miedo a Sánchez podía reemplazar la ausencia de moderación propia. Ha tenido muchas oportunidades para demostrar que era buena perdedora, pero las dilapidó por conservar poder político inmediato. Esta era la elección en la que mayores posibilidades tenía, pero su círculo más cercano le recomendó una estrategia tan mezquina que ahora la tiene viendo la moneda en el aire. No ha explicado por qué ese orden no vendría otra vez acompañado de revancha ni qué sectores del poder estaría dispuesta a ceder. Keiko no entendió que en el preciso momento en que empezó a liderar encuestas era cuando debió mostrar mayor capacidad de convocatoria.
Sánchez promete cambio, pero está atado por los fantasmas de Antauro Humala y Pedro Castillo. Es un camaleón político. Su plan de segunda vuelta busca mostrar moderación, pero su otro rostro no puede quitar los ojos de la improvisación, el desgobierno, el caos, la inestabilidad y sus alianzas con sectores de la izquierda radicalizados. La moderación retórica no basta para producir confianza. Pero ha tenido la pericia política de abrazarse con López Chau y Belmont, ha sido el gran negociante de la segunda vuelta y ha entendido que nada ganaba quedándose con un plan anquilosado y tenebroso. Los voceros que hace semanas ridiculizaban a los progresistas por su postura escéptica se han callado la boca para dejar que Sánchez conduzca las negociaciones.
Si Sánchez gana, lo hará derrotando a Keiko desde una nueva forma: la remontada. Además, ha tenido la fortuna de que muchos progresistas han decidido endosar su voto a Sánchez. Jano miraba hacia atrás para aprender y hacia adelante para empezar. En el Perú, sus dos rostros parecen mirar hacia dos pasados que se resisten a desaparecer con resignación y hacia un futuro aterrador, porque gane quien gane, el Perú enfrentará una derrota segura.
Deja una respuesta