La temporada electoral debía proyectar un umbral de fe y esperanza. Como tal, debía estar siempre ligada a la certeza de un cambio. Esa convicción es la que debía justificar celebraciones con banderas y canciones en los mítines. El político que triunfa es el que ha logrado desarrollar las artes de la seducción que en una fiesta electoral lo encumbra en un líder con una promesa firme.
La temporada electoral debía proyectar un umbral de fe y esperanza. Como tal, debía estar siempre ligada a la certeza de un cambio. Esa convicción es la que debía justificar celebraciones con banderas y canciones en los mítines. El político que triunfa es el que ha logrado desarrollar las artes de la seducción que en una fiesta electoral lo encumbra en un líder con una promesa firme.
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En el Perú de las últimas décadas, uno de los grandes seductores y triunfadores fue sin duda Alan García, que en las elecciones de 1985 logró el 53% de los votos válidos aunque el 46% de los votos válidamente emitidos. Sus mítines eran espectáculos de oratoria y de música y baile. En algún momento una paloma se posó en su cabeza, no faltaba más. En 1985, debía haber ido a una segunda vuelta con el candidato que salió en segundo lugar, Alfonso Barrantes. Sin embargo, este renunció a una nueva votación, ante la diferencia que los separaba. Fue así que se inició un lustro nefasto en nuestra historia (aunque tampoco tenemos ninguna garantía de que Barrantes habría sido un buen presidente). Uno se puede preguntar con alguna esperanza ingenua si ahora que cualquiera de los candidatos empezará con poca popularidad, podrá, sin embargo, hacer un buen gobierno, a diferencia del de 1985.
Hoy en día, lo que decide el voto no es la fe o la confianza o la ilusión que despierta un candidato. Es más bien el sentimiento negativo hacia el contrincante, expresado con un término que se ha difundido, el “anti”. Una de las razones de la popularidad de este término es la desconfianza estructural que ha caracterizado nuestra sociedad.
En su libro canónico “Confianza” de 1996, Francis Fukuyama la define como “la expectativa que surge dentro de una comunidad de un comportamiento regular, honesto y cooperativo, basado en normas compartidas comúnmente, por parte de los demás miembros de esa comunidad”. Fukuyama concluye que el “bienestar de una nación”, así como su “capacidad de competir” se basa en un hecho cultural: “el nivel de confianza inherente a una sociedad”.
Para la mayor parte de los peruanos, la sensación de desconfianza es la primera que tiene al despertarse. La confianza que debería ser el cemento de una sociedad supone una mínima convivencia, en base a unos valores en común. En ese escenario ideal, el bienestar generalizado de un país es puesto como el más alto objetivo, por encima de la filiación partidaria. Votar es en esencia un acto de fe pero también un acto de confianza. Supone estar convencidos de que nuestro voto servirá de algo para que nuestro país mejore con gobernantes nuevos.
Un voto sin mucha esperanza, o basado en esperanzas negativas (que el rival no sea elegido), es una claudicación. Y en el medio abunda el fuego cruzado. Un amigo me recuerda una frase de Virginia Woolf en “Orlando”, que se aplica a algunas de las voces que hemos escuchado estos días: “No hay en el tumultuoso pecho del hombre una pasión más fuerte que la de imponer sus creencias a los otros”. La gran novelista británica que sabía poco de política pero mucho de la vida agregaba: “No es el amor a la verdad el que opone un barrio a otro barrio y hace que una parroquia premedite la ruina de otra parroquia”. El amor a la verdad, sí. O el amor al Perú digamos.











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