Elecciones totémicas, por Alezander Huerta Mercado | segunda vuelta electoral 2026 | candidatos presidenciales

Tótems y demonios que dan identidad a los grupos, símbolos tallados en roca o metal, oráculos del desastre y castigos públicos eran el panorama tradicional durante miles de años de lo que fue el control social en la humanidad. No existía ni derecho penal ni policía, pero eran los símbolos y el significado que se les daban los que lograban que la gente “se portase bien”. Les quiero mostrar que este tipo de mecanismos no se han extinguido del todo; vuelven en cada segunda vuelta con fuerza, y lo que me sorprende particularmente es que con el Internet (una herramienta que se supone que representa la modernidad) regresan, confirmando lo que muchas culturas sospechan: el tiempo es circular, los ciclos se repiten y en el Perú pareciera que se vive en el mito del eterno retorno.

Comencemos por el miedo, uno de los principales motores de la conducta humana y particularmente de la conducta colectiva. El miedo a que el sol no vuelva a brillar, a que los demonios irrumpan o a que las epidemias ataquen han generado todo tipo de rituales. Es más, los tiempos anteriores a la conquista estuvieron poblados por dioses de grandes y terroríficos colmillos, y durante la colonia se impuso la Santa Inquisición y la persecución a los herejes.

Pero también el miedo ha sido el motor para determinar la presencia del grupo gobernante, como los líderes aztecas que promovían sacrificios humanos, emperadores que perseguían herejes y monarcas que seguían la voluntad divina para estar ahí. Los potenciales líderes se convertían en símbolos que articulaban los valores y necesidades sociales, a veces a través de discursos, apoyándose en máscaras, coronas o vestimentas simbólicas. Frecuentemente, se apelaba al ancestro totémico, al padre sagrado que legitimaba el poder del sucesor.

Como lo hemos venido haciendo desde que somos ‘Homo sapiens sapiens’, usamos símbolos para condensar significados y economizar energía mental: un dibujo o un tallado pueden resumir toda una historia sagrada, así como un ancestro puede representar la razón por la que el grupo se mantenga unido y temeroso.

Hoy estamos en épocas electorales divisivas y agresivas. Los dos candidatos que en las elecciones peruanas pasan a la segunda vuelta no son los que han usado mejor las redes sociales, el humor o los discursos carismáticos. Contrario a lo que se esperaría de la época del Internet, en realidad han apelado a uno de los elementos más antiguos de la historia de la humanidad; han recurrido a símbolos radicales para caricaturizar a sus contrarios: se habla de ‘fachos’ o de ‘terrucos’. También, oh, sorpresa, de alguna forma se apela a ancestros que los representan. Ya sea Alberto Fujimori o Pedro Castillo, el primero encarcelado y fallecido, y el segundo en la cárcel. Ambos operan como ancestros comunes que representaban lo que cada grupo proyecta: valores que van desde identificación con el pueblo hasta sacrificio casi religioso por una causa supuestamente justa.

Por último, pese a que el voto es secreto, se ha instaurado con fuerza un discurso que recuerda la inquisición española. Junto al miedo al apocalipsis, que significa para cada grupo la victoria del opuesto, se ha instaurado un discurso de vigilancia en el que cada opinión en las redes sociales encuentra castigo social.

Así pues, estas elecciones se polarizan casi en el viejo discurso del bien contra el mal, de ‘nosotros’ contra los ‘otros’, de apocalipsis versus salvación y de “no opinar” porque “te estamos vigilando”. El Internet nos encierra en una plantilla muy limitante y agresiva. Tal vez la verdadera democracia se descubra cuando podamos darnos libertad de conversar y escucharnos dando nuestras opiniones libremente, sin miedo, sin necesidad de tótems y de sacrificios que impliquen personas dañadas. Ya pasaron milenios y es posible pensar en mejores formas de convivir.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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