El fortalecimiento de la sociedad y, consiguientemente, de la cultura ciudadana es fundamental para enfrentar los problemas más graves del país. Si bien esto puede percibirse como un asunto gaseoso –“puro rollo”–, lo cierto es que, si no se constituye una sociedad activa, en la que se respeten derechos y normas mínimas de convivencia, es imposible imaginar éxitos sustantivos en la lucha por reducir la pobreza, así como para combatir el crimen organizado, la minería ilegal, la depredación de la Amazonía o mejorar el tránsito en Lima.
La polarización política tiene efectos perversos cuando la comunidad nacional es profundamente débil y la sociedad no solo es informal, sino que, simultáneamente, está segmentada territorial, cultural y socialmente. Así es imposible, para un país o una nación, enfrentar los retos más urgentes.
El crimen organizado florece en una sociedad con culturas ciudadanas débiles, en la que el respeto por el otro es objeto de desprecio, y en donde las instituciones del Estado, en casi todos los espacios de gobierno, están capturadas por intereses privados o de grupo –por eso, al crimen organizado no hay que buscarlo solo en las calles o en las fronteras, sino también al interior del propio Estado–. El crimen organizado es también un problema político. Desde el Estado se puede debilitar a la sociedad, pero también se la puede fortalecer; y sin una sociedad alerta y organizada no habrá éxitos significativos.
Los candidatos que han pasado a la segunda vuelta no han dado señales de otorgarle importancia a la urgencia de construir una cultura ciudadana fuerte y activa. Si a esa displicencia se le suma la concentración del poder que tiene Fuerza Popular –que encabeza las encuestas más recientes–, expresada en su influencia en el Congreso, en el Ejecutivo y en los diversos ámbitos del sistema judicial, la situación se complica aún más, porque quien así gobierna preferirá siempre una sociedad débil y escéptica, que solo le da crédito al poder del más fuerte. A esto hay que agregarle la sesgada reivindicación de la década de los noventa, de la que Fuerza Popular gusta recordar las luces, pero no las sombras.
Es necesario que la inversión crezca: sí, es un factor fundamental para reducir la pobreza y promover el desarrollo del país. Pero es igualmente necesario que el Estado se haga más eficiente –no más burocrático–, que cumpla con ser un buen regulador y promotor, así como, ciertamente, un eficaz proveedor de servicios.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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