Recientemente, la historiadora Alejandra Ruiz León defendió su tesis de doctorado en la prestigiosa universidad Georgia Tech con la disertación “Conocimiento enjaulado: la historia de Tecno-Itintec, el primer museo interactivo de ciencias en Sudamérica”. Ante un público ávido de conocer cómo así fuimos pioneros en este tipo de museos, surgió la pregunta inevitable: ¿por qué el Perú borró con el codo lo que hizo con la mano, cerrándolo definitivamente en 1993? Los museos no se cierran; los museos se promueven.
Hace 50 años, el Perú estaba en el mismo partidor que Corea del Sur o Singapur, hoy líderes tecnológicos indiscutibles. Teníamos un panorama prometedor: se habían creado el Concytec, el IPEN y el Itintec, este último con el primer canon para promover la investigación y el desarrollo científico. Bajo este impulso, sus directivos proyectaron la creación de un museo de ciencias inspirado en el magnífico Exploratorium de San Francisco. La implementación recayó en el ingeniero José Castro Mendivil, célebre divulgador y artífice del planetario del Morro Solar, quien construyó casi todos los módulos de experimentos interactivos pensando que en este nuevo museo la frase “prohibido tocar” debía estar proscrita. Aunque el museo prosperó rápidamente entre el público escolar, su éxito fue breve: cerró en diciembre de 1993, cuando se inició la “modernización” del Itintec para convertirlo en el actual Indecopi. En esta transformación quedó sobrando el museo y sus módulos fueron desmantelados y almacenados en una jaula del Parque de las Leyendas, con el pretexto de que allí se construiría el futuro museo de ciencias.
Una aventura similar surgió al año siguiente. En setiembre de 1994, los directivos de Electrolima inauguraron en Barranco el Museo de la Electricidad. Su implementación fue encargada a Lucho Repetto, personaje destacado del mundo de los museos y un gestor nato. Aquí, la frase “prohibido tocar” quedó prohibida. El museo se popularizó rápidamente y alcanzó el millón de visitantes en pocos años, un hito en un país que parece padecer de “museofobia”. Lamentablemente, nuevos gerentes con menos entusiasmo lo cerraron temporalmente en varias ocasiones. Reabrió a medias, ya sin tranvía y bajo el riesgo de cierre definitivo.
¿Qué comparten estas dos experiencias, además de su enfoque interactivo, en un país donde los museos de ciencia se cuentan con los dedos de una mano? Primero, su origen en el sector público. Segundo, un éxito rotundo nacido de satisfacer demandas desatendidas. Tercero, ambos dependieron de iniciativas individuales y no de políticas definidas. Y aquí radica el núcleo del problema: en la gestión pública, los proyectos sin institucionalidad son frágiles y se descontinúan con facilidad.
Hace poco el Concytec y la OEA implementaron el primer museo virtual de ciencia y tecnología del país, integrándolo a la plataforma educativa Cienciactiva. La idea es disruptiva: este debe ser la semilla para promover la creación de un museo de ciencias en cualquier región del país, facilitando la transición de lo virtual a lo físico. Pero para ello, Cienciactiva requiere de las políticas definidas de las que carecieron el Itintec o Electrolima. Ante este escenario, ¿cómo evitar tropezar con la misma piedra?
Ahora que el Concytec busca con legítimo interés dotar al Perú de un Museo Nacional de Ciencia y Tecnología, esta cuestión debería estar resuelta. La respuesta reside en transformar el entusiasmo individual en políticas de Estado blindadas frente al desdén burocrático. Mientras el futuro de nuestros museos de ciencia no dependa de un compromiso institucional sólido, seguiremos condenados a ver cómo el conocimiento, ese que debería estar en las manos de nuestros estudiantes, termina, una vez más, enjaulado.
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