Iván Alonso ha publicado un reporte visual cuyo título resume el contenido: “La prosperidad sin precedentes del Perú en 44 gráficos”. El estudio muestra que el bienestar de los peruanos ha mejorado como nunca a partir de 1990. A su vez, los datos plantean una cuestión que no podemos ignorar.
Primero los datos. Desde que el Perú empezó a implementar un modelo económico basado en la apertura y la estabilidad, ha habido mejoras dramáticas respecto a un rango de indicadores de desarrollo humano, tanto en las zonas rurales como en las urbanas, tanto en la sierra y selva como en la costa.
Por ejemplo, el PBI per cápita se ha más que duplicado; la pobreza ha caído más de 30 puntos porcentuales en dos décadas y la reducción ha sido más marcada en la sierra y selva que en la costa; la tasa de analfabetismo se ha reducido a la mitad en áreas rurales a la vez que la matrícula en educación secundaria en esas áreas ha subido del 50% de los niños al 81%; el porcentaje de las viviendas conectadas a la red pública de agua se incrementó del 35% al 75% en áreas rurales desde el 2011 y las conectadas a la red pública de luz aumentaron del 24% al 85% desde 1997. En áreas rurales, la desnutrición crónica cayó del 40% en el 2009 al 24% en el 2022.
Alonso ofrece numerosos ejemplos más de un progreso que ha sido inédito en la historia peruana. De allí la pregunta: si las mejoras han sido tan así, ¿por qué todavía hay quienes piensan que la realidad es peor o que todo va de mal a peor? Algunos hasta estarían dispuestos a votar por un candidato presidencial que promete tirar las políticas e instituciones que han hecho posibles esos grandes avances por la ventana.
Sucede que ese fenómeno no es nuevo ni es algo exclusivo del Perú. Ya en el siglo XIX, el historiador británico Thomas Babington Macaulay se preguntó: “¿En qué principio se basa el hecho de que, cuando solo hemos vivido mejoras en el pasado, no podamos esperar más que un empeoramiento en el futuro?”.
Según la psicología evolutiva, la humanidad lidia con un sesgo hacia lo negativo que le sirvió durante cientos de miles de años a sobrevivir en condiciones primitivas. Pensar que hay un tigre detrás de cada arbusto es una buena estrategia para no morir. El mundo moderno ha transformado nuestra realidad en siglos recientes, pero nuestra psicología no ha evolucionado tanto. Por eso, a veces la racionalidad y los hechos no son suficientes para cambiar como pensamos.
El psicólogo Adam Omary explica que la intuición, aunque se equivoque, frecuentemente prevalece por encima de lo racional. Esto aplica a intuiciones económicas que fueron formadas durante miles de años de vivir en un mundo de “rivalidad intergrupal de suma cero, lo que hace que la dinámica actual del mercado resulte contraintuitiva”.
Así, nuestra mentalidad sigue siendo tribal a la hora de favorecer el proteccionismo, el control de precios, el salario mínimo y demás políticas que la ciencia económica ha mostrado que son contraproducentes y empobrecedoras.
El psicólogo Daniel Gilbert observa además que en la medida en que las sociedades mejoran, los problemas que han disminuido (como el trabajo infantil o la discriminación) parecen sobresalir. “Cuando el mundo mejora”, dice Gilbert, “nos volvemos más críticos con él, y esto puede llevarnos a concluir erróneamente que, en realidad, no ha mejorado en absoluto”.
Decía el economista Julian Simon que quienes reportan buenas noticias acerca del progreso son tratados a menudo como el diablo porque parecen menospreciar problemas serios o los que sí han empeorado. Pero el reporte de Iván Alonso es bienvenido porque debilita la narrativa pesimista que socava el progreso.













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