La palabra ‘chotear’ es un glorioso peruanismo. Es cierto que la usan también en otros lugares de Latinoamérica, pero con sentidos completamente distintos al que nosotros le otorgamos. Esto es, el de practicar un descarte despreciativo de algo o alguien. La circunstancia de que los habitantes de esta hermosa tierra del sol nos hayamos visto obligados a inventar un nombre para aludir a tan desdeñoso ejercicio sugiere, desde luego, que somos particularmente aficionados a él. Y la política es uno de los terrenos en donde mejor podemos notarlo.
Las múltiples vacancias presidenciales a las que hemos asistido en la última década, por ejemplo, no han sido meros despidos. Han sido puntapiés morales, literales choteos. Recientemente también, a un conocido merodeador del poder que se sentía ya presidente del Consejo de Ministros lo dejaron probándose el fajín frente al espejo de su casa, sin siquiera avisarle que al final habían optado por otra persona para el cargo. Es decir, lo chotearon.
De igual manera, ahora que estamos a un día de que el Jurado Nacional de Elecciones proclame lo que todos, menos Porky, sabemos hace un mes, es previsible que el candidato de Juntos por el Perú, Roberto Sánchez, se sienta tentado a cultivar este autóctono deporte con respecto a aquello que le permitió pasar a la segunda vuelta, pero que a partir de este momento conspirará contra sus posibilidades de tener éxito en ella: la imagen de Pedro Castillo. Si bien su mimetización con el golpista de Chota lo ayudó a llegar al 12% en la primera vuelta, daría la impresión de que la imitación ha agotado ya su combustible electoral y, en el nuevo escenario, podría ahuyentar a los votantes que no se dejaron embelesar por el numerito y cuyo respaldo él necesita con urgencia para hacerse de la banda embrujada.
–Soga y burro –
La idea de un aspirante presidencial que tiene por modelo a un exgobernante incompetente, corrupto y con afanes de tirarse abajo el orden constitucional no es, en efecto, la más seductora para quienes quisieran que esta maltrecha democracia nuestra subsistiese por los próximos cinco años. Particularmente, si la propuesta viene aderezada con la promesa de la colaboración especial de un asesino de policías y también golpista frustrado como Antauro Humala. La evocación de esos dos personajes pudo haber servido para rascar la olla del voto radicalizado en la primera vuelta. Pero después de arañar el concolón, solo queda el acero, y es evidente que Sánchez necesita ahora meter su cuchara en otras ollas si quiere saciar el apetito que lo desvela.
Con el escaso apego a la lealtad que lo caracteriza, uno asumiría entonces que el hombre estaría dispuesto a arrojar mañana mismo el sombrero chotano lejos de sí. Y, de seguro, ganas no le faltan. Pero, para su mala suerte, las cosas no se le presentan en esta coyuntura de un modo tan sencillo. Sucede que deshacerse de los símbolos y el discurso que hasta hoy ha abrazado con devoción le supondría también un riesgo considerable. A saber, el de quedarse sin soga ni cabra, o algo parecido. Porque los votantes soliviantados con el viejo truco de la revolución caliente podrían notar que han sido traicionados y, en consecuencia, los sufragios que ganaría por un lado acabarían escurriéndosele por el otro. Menudo dilema, pues, el que empieza a agobiar al candidato de Juntos por el Perú ahora que se asoma a la segunda vuelta. ¿Chotear al chotano o seguir haciéndose su paisano? “Algo se pudre en Cajamarca”, solía recitar con ironía Sofocleto ante situaciones de ribetes hamletianos como esta. Y en esta hora dramática no podemos menos que recordar su figura profética y señera.












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