El alumno tradicional aprendía para aprobar. El estudiante formado por competencias aprende para resolver. Esa diferencia, que puede parecer sutil, en realidad marca un cambio profundo en la manera de entender la educación superior y su papel en el desarrollo del país. Las credenciales importan, pero pesan más las competencias verificables: el criterio, la ética, la resiliencia, la capacidad de trabajar con otros en entornos complejos. Y es justamente ese cambio el que nos obliga a colocar en agenda una pregunta que no puede seguir esperando: ¿qué educación queremos para nuestro país?
La respuesta nos obliga a repensar qué se enseña, pero también cómo se enseña y cómo se evalúa. La innovación educativa real no empieza con una plataforma nueva ni con una tendencia tecnológica. Si bien son fundamentales, no son aisladas. La innovación educativa comienza cuando rediseñamos el modelo de aprendizaje para que el estudiante desarrolle habilidades vigentes, relevantes y transferibles. En ese contexto, la inteligencia artificial representa un punto de inflexión: no como herramienta que reemplaza el pensamiento, sino como un complemento que lo exige con mayor rigor. En un mundo donde la IA puede procesar datos, generar contenidos y automatizar tareas, lo que se vuelve verdaderamente valioso es la capacidad humana de razonar, cuestionar, decidir con criterio y actuar con ética. Por eso, integrar la IA en el aprendizaje significa formar estudiantes que sepan trabajar con ella, pero, sobre todo, que desarrollen las competencias para emplearla adecuadamente.
Hay una conversación que se sigue postergando: la que debe darse entre el sistema educativo y el sector empresarial. La brecha entre lo que se enseña y lo que el mercado laboral necesita no se cerrará con diagnósticos aislados ni con esfuerzos unilaterales. Lo que se necesita es pensar no solo en el momento actual, sino tener una visión de futuro: alinear expectativas, construir un lenguaje común y abrir espacios reales de diálogo sobre las competencias que el país requiere para crecer, innovar y generar oportunidades. Y en ese diálogo, los empleadores son cada vez más claros: según el Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial, el 63% de los empleadores a nivel global ya identifica la brecha de habilidades como su principal obstáculo para crecer, y señala que cerca del 40% de las competencias requeridas en los puestos de trabajo actuales habrán cambiado para el 2030. Buscan profesionales con pensamiento crítico, uso de herramientas como la IA, capacidad de adaptación, conciencia social y criterios de sostenibilidad. Esas son las habilidades del futuro, y las empresas ya las están demandando hoy.
Quienes tenemos responsabilidades en educación superior sabemos que la empleabilidad debe construirse desde el inicio de la formación, a través del aprendizaje aplicado, del contacto temprano con problemas reales, de la evaluación constante de competencias y de la exposición a estándares profesionales desde las aulas. Cuando los estudiantes conectan lo que aprenden con desafíos concretos, el conocimiento deja de ser abstracto y se convierte en capacidad de acción. Y cuando eso ocurre, el talento deja de ser una promesa y se convierte en productividad, competitividad y movilidad social.
A eso se suma una dimensión que a veces queda fuera del debate: la sostenibilidad como competencia. No como eslogan ni como módulo aislado, sino como una habilidad transversal que ya define la empleabilidad del futuro. Integrarla en la formación desde el primer ciclo, con proyectos reales y resultados verificables, es parte de lo que significa educar con propósito.
Por eso, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿para qué estamos formando? No solo para responder a la demanda inmediata del mercado laboral, sino para contribuir a construir un país más justo, más productivo y preparado para el cambio. En un Perú marcado por la desigualdad y por un enorme potencial todavía desaprovechado, la educación sigue siendo una infraestructura crítica del desarrollo. Y como toda infraestructura que funciona, no puede limitarse a responder al presente: debe anticiparse a él. El verdadero reto de la educación superior de calidad es poder estar un pase adelante para entender las necesidades de los estudiantes y acompañarlos a alcanzar su máximo potencial.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.










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