El Perú se ganó en algún momento el apelativo de estrella de la región. Eran años en los que la pobreza se reducía a razón de –al menos– tres puntos porcentuales por año. La clase media crecía a paso rápido. La gran mayoría de indicadores de calidad de vida mejoraban a la par. El crecimiento del PBI no bajaba del 5% anual (con excepción de algún año de crisis financiera internacional). Era la década entre el 2004 y 2013. Este período extraordinario fue posible gracias a algunos ingredientes claves, como la estabilidad macroeconómica, excelentes precios de las exportaciones peruanas y volatilidad política moderada.
Luego de la pandemia, el país tuvo la oportunidad de regresar a algo similar al período anterior, pero la desperdició con indolencia. Según recoge un informe publicado ayer en este Diario, en el quinquenio 2021–2026 muchos de los indicadores estructurales no solo no mejoraron, sino que involucionaron. Esto se dio a pesar de que los términos de intercambio –la relación de precios entre lo que se exporta y lo que se importa– están en el mejor momento histórico, y que las variables macroeconómicas fundamentales, como el tipo de cambio y la inflación, se mantuvieron en niveles aceptables para el contexto nacional e internacional.
La señal más clara de este potencial desaprovechado está en la tasa de pobreza que el INEI publicó la semana pasada. Al 2025, el 25,7% de los hogares peruanos vivía por debajo de la línea de pobreza, un registro 5,5 puntos porcentuales más alto que el del 2019. Si bien este ratio se ha reducido desde el pico de 30,1% en el 2020, es inaceptable que, cinco años después y con un escenario internacional favorable, haya hoy 2,3 millones más de pobres que antes del COVID-19.
El principal responsable, según coinciden la mayoría de los analistas, es el desastre político del que el país ha sido víctima en la última década. El informe recoge que, desde el 2021, el gobierno ha tenido alrededor de 200 ministros de Estado. Estos han durado, en promedio, cinco meses. En pleno azote de las economías criminales, el ministro del Interior tiene una vigencia de cerca de tres meses.
El país no tiene cinco años más para desperdiciar. Los vientos del exterior no siempre soplarán a nuestro favor, y eventualmente alguna crisis –nacional o internacional– golpeará duramente la economía nacional y las familias peruanas. La mejor manera de suavizar su impacto es creciendo hoy todo lo posible de la mano de autoridades políticas que, esta vez sí, den la talla.
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