Una fiesta que sigue, por Alonso Cueto | 100 años de «Fiesta» de Ernest Hemingway

¿Hay alguna mujer más interesante, más enigmática, que lady Brett Ashley? La pregunta ronda las mentes de Jake Barnes, Robert Cohn, su prometido Mike, el torero Romero y quienes tratan con ella en las páginas de “Fiesta”, la novela de Ernest Hemingway que cumple 100 años.

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Desde que Cohn la mira como quien mira a la tierra prometida, con una “ávida y merecida esperanza”, la novela se las arregla para que sus lectores también la sigamos. Con su suéter, su falda de ‘tweed’ y el “pelo cepillado hacia atrás, como un chico”, sabemos ante una mujer excepcional. Brett es desvergonzada, elegante, sentimental. Está “toda hecha de curvas, como el casco de un yate de carreras” que no pasan inadvertidas bajo su chompa de lana. Pero el secreto de su magia es su conversación sugestiva, hecha de silencios reveladores. Tiene “una manera de mirar que uno se pregunta si realmente veía algo de lo que estaba frente a ella”. Según el autor, sus “ojos podían seguir mirando y mirando cuando todos los demás habían dejado de mirar.” Promiscua, voluble, Brett es una aristócrata inglesa expatriada, que va a tener romances con Cohn y con Romero. Al final del capítulo cuatro, luego de que Jake la ve alejarse y subir a una ‘limousine’, piensa que esa es la Brett por la que él “había estado llorando”.

En el inicio de la novela, un grupo de expatriados se reúne en París en el verano de 1925. Todos están celebrando algo, embriagados por la vida que comparten. Van a viajar a la tierra de los sanfermines, Pamplona. Allí, antes y después del paseo de los toros, en un cortejo con la muerte, van a seguir festejando. Las embriagadas conversaciones entre ellos son memorables. No tienen una ideología, unas convicciones o unas creencias muy afincadas. Solo una sed personal de cruzar todos los límites desde la curiosidad de la inocencia. Es tan intensa la celebración que “al final todo se volvió bastante irreal y parecía como si nada pudiera tener consecuencias”.

Hemingway empezó a escribir la novela en julio de 1925, después de uno de sus paseos por los sanfermines con su primera esposa, la escritora Hadley Richardson, y un grupo de amigos. Era un muchacho de 26 años. A pesar de que lo negó en muchas oportunidades, en realidad Scott Fitzgerald lo ayudó a mejorar el inicio del libro. La novela salió publicada en octubre de 1926, y su autor saltó a la fama. No escribiría una novela mejor que esa. Luego del éxito del libro, el pelo corto de Brett se difundió como una moda entre muchas mujeres.

“Fiesta” es también una historia de amor, el que sienten Jake y Brett el uno por el otro. Al final, cuando él va a buscarla en Madrid, ambos se suben a un taxi. En ese último diálogo hay una pregunta y una respuesta atravesadas por la nostalgia. Unas palabras sencillas ponen fin a las celebraciones que ha contado la historia. La técnica de dar cuenta de la grandeza de sus personajes en frases simples iba a ser una marca de su autor.

A esos personajes puede aplicarse lo que dijo Salvador de Madariaga sobre Hemingway: “Esa cosa tan rara que es un ser humano: ojos abiertos, manos abiertas, corazón abierto, mente abierta, un hombre dispuesto a aprender, a comprender, a apreciar, a mirar por debajo de las apariencias”.

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