Hay épocas en las que ser joven en el Perú no se siente como una promesa, sino como un acto de resistencia. La crisis política ha dejado de ser solo institucional para convertirse en una experiencia profundamente humana: afecta cómo trabajamos, cómo imaginamos el futuro y cómo habitamos el país. Y ese desgaste colectivo termina alcanzando también a la juventud, una etapa que debería estar marcada por la convicción y no por el desencanto.
Así me sentía antes de participar en CADE Universitario. Durante gran parte de mi vida me acompañó una idea persistente: las ganas de transformar mi país. Pero los últimos años, marcados por crisis, incertidumbre y una sensación constante de fractura nacional, fueron debilitando silenciosamente esa convicción. La esperanza no suele irse de golpe; a veces simplemente se desgasta. Por eso me sorprendió salir de CADE con algo que creía cada vez más lejano: esperanza.
Escuchar a jóvenes de distintas regiones del país me recordó que, incluso en contextos difíciles, todavía hay personas dispuestas a apostar por el Perú. Está en nuestro ADN esa obstinación de avanzar incluso cuando el contexto parece diseñado para quebrarnos. Tenemos hambre de crecer, de abrir camino, de demostrar que el origen no determina el destino. Y en medio de un país profundamente fracturado, todavía existen jóvenes dispuestos a construir puentes.
Quizá una de las reflexiones más importantes que me dejó la experiencia fue entender que el país no se transforma únicamente desde la política. A veces, en medio de la polarización, olvidamos que millones de personas construyen país todos los días desde otros espacios: creando empresas, generando empleo, innovando o apostando por sacar adelante proyectos en medio de la incertidumbre. La actividad privada también sostiene al Perú, muchas veces de manera silenciosa.
Cambiar el país no siempre empieza en un cargo público. Muchas veces comienza en decisiones pequeñas pero persistentes: quedarse, apostar, crear oportunidades y creer que todavía vale la pena construir algo aquí. El Perú atraviesa uno de sus momentos más complejos. Hoy más que nunca, el Perú es problema. Y, paradójicamente, hoy más que nunca, estoy convencida de que el Perú también es posibilidad.
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