Explícame tu voto

Es asombrosa la cantidad de interpretaciones que estoy recibiendo estos días de personas intentando explicar, con pasmosa autosuficiencia y sabiondez, por qué otras personas votaron de una determinada manera en la primera vuelta presidencial o cómo intuyen que lo harán cuando llegue la segunda.

Lo más típico es una apelación a la ignorancia: “votan así porque son estúpidos”, “es gente poco instruida”, “les falta capacidad para entender lo que le conviene al Perú”. En otros casos, es una descalificación moral: “son igual de corruptos que quien están eligiendo”, “basta que les den cualquier cosa y regalan su voto”, “no les importa si es delincuente y/o golpista con tal de que sea de los suyos”. Y luego están aquellas confesiones que surgen de la victimización o del miedo: “son envidiosos del éxito ajeno”, “si ganan nos van a expropiar todo”, “tienen sangre en el ojo y quieren cobrar venganza”.

Cuando recibo comentarios como estos por WhatsApp o vía las redes sociales, si provienen de personas que conozco, le pregunto a los remitentes cuántas conversaciones han tenido con votantes que calzan con aquel estereotipo que definen con desprecio. Y no sorprende comprobar que no han tenido tiempo u oportunidad para ello, que no es habitual que en su día a día interactúen con aquellos electores que están perfilando con tanto convencimiento. Tampoco ven la necesidad de hacerlo, porque dan por hecha su mala fe o su necedad y, por tanto, piensan que sería una pérdida de tiempo.

Lo que hay aquí, aunque suene duro decirlo, es una renuncia a pensar, a comprender, a escuchar más allá de la cámara de eco en la que nos movemos ordinariamente. Una suerte de pereza mental que nos vuelve alérgicos a la complejidad. Siempre es más fácil para nuestro cerebro asumir la maldad o la estupidez antes que aceptar la posibilidad de que esa otra persona tiene razones válidas para votar distinto que yo, aunque uno válidamente también pueda discrepar de ellas.

Esto no es nuevo para mí y sospecho que tampoco para muchos de ustedes. Cuando empezó a quedar claro que el segundo ticket para pasar a la segunda vuelta se iba a definir con un final de fotografía, fue como si mis chats de WhatsApp se hubieran retrotraído a los días previos a la segunda vuelta del 2021. Los mismos insultos, la misma ridiculización del votante del bando rival.

Y yo me pregunto: ¿ganamos algo de cómo nos despreciamos la vez pasada? ¿Sacamos alguna lección que resulte valiosa hoy? Claramente no aprendimos mucho sobre qué motiva a quien vota de manera diferente, a juzgar por cómo lo seguimos descalificando sin haber aprovechado los últimos años para preguntarles con genuina intención de comprender.

Vengo de un par de experiencias en el último mes que juntaron en un mismo lugar a personas provenientes de distintas regiones del país, de diferentes sectores de la sociedad, con posiciones políticas contrapuestas. Las discrepancias eran muy evidentes y nadie tenía la intención de taparlas. Pero hubo voluntad de escuchar. Hubo respeto y cordialidad y, como consecuencia, hubo diálogo. Y probablemente todos los participantes hayan salido con sus mismas convicciones vigentes, pero con un entendimiento del otro que hará que lo aprecien incluso en la discrepancia.

Eso es lo que deberíamos poder hacer todos los ciudadanos de este país. Entender nuestras discrepancias, pero reconocernos con iguales derechos, con igual dignidad, con igual voz. Y conversar. No para gritar lo que queremos decir, sino para darnos la oportunidad de escuchar. Más allá de quién gane la elección, vamos a seguir compartiendo el mismo país, así que bien vale la pena hacer el esfuerzo de entendernos.

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