En esta época del año, en la que somos bombardeados por la publicidad y el márketing que nos invitan a “premiar” a las madres por su día, vale la pena preguntarnos qué estereotipos estamos reforzando a través de estos regalos: ¿el de la mujer que cuida, sostiene y resuelve todo? ¿O el de la mujer perfecta, que luce bien, no se equivoca y parece inmune al desgaste?
Estos estereotipos pesan, y mucho. En mi experiencia como madre, comunicadora y terapeuta holística, he identificado estos mandatos como una carga constante que muchas mujeres llevamos a cuestas. La romantización del rol de cuidadoras, además, dificulta reconocer nuestra propia vulnerabilidad y abrir espacios para preguntarnos algo esencial: ¿quién cuida a las madres?
Detrás de esa imagen idealizada aparecen emociones poco visibles, como la autoexigencia, la culpa o la sensación persistente de no estar haciendo “lo suficiente”. Con el tiempo, estos estados no solo afectan el bienestar emocional, sino también la salud física y nuestros vínculos.
Frente a esto, existen distintas formas de acompañar estos procesos: la terapia psicológica, los espacios de conversación y las prácticas de bienestar, entre otras. Algunas personas también encuentran en herramientas como las flores de Bach —un sistema desarrollado por el médico británico Edward Bach— una manera de acercarse a su mundo emocional. Más allá de los debates sobre su eficacia clínica, su uso puede convertirse en un ritual de pausa y escucha interna, donde las emociones encuentran un espacio para ser reconocidas sin juicio.
Dentro de este sistema, por ejemplo, la esencia chicory, asociada al amor materno, me ha ayudado a observar y equilibrar ciertos impulsos de sobreprotección y autoexigencia en mi rol de madre. Otras esencias pueden acompañar estados frecuentes como el cansancio, la irritabilidad o la ansiedad, tan presentes en la vida actual. Más que ofrecer soluciones inmediatas, este tipo de prácticas invita a transformar la relación con una misma, hacia una maternidad más consciente y menos exigente.
Las flores de Bach no buscan reemplazar procesos terapéuticos o médicos, sino que pueden integrarse a una mirada más amplia del autocuidado emocional; incluso forman parte de enfoques de salud complementaria e integrativa en otros países de la región. Más allá de la herramienta en sí, lo valioso es el mensaje que transmiten: cuidar también implica detenerse, observarse y darse permiso para recibir apoyo.
En fechas como el Día de la Madre, donde la celebración suele centrarse en el dar, quizás valga la pena abrir una conversación distinta. Una que reconozca el derecho de las madres a ser sostenidas, a no poder con todo, a sentirse vulnerables y, sobre todo, a priorizar su propio bienestar emocional. Tal vez esas sean, finalmente, el regalo que más necesitan.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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