Los humanos han vuelto a poner a la luna como un objetivo y esto nos recuerda cómo los cambios tecnológicos se han acelerado con la historia: si desde la invención de la rueda hasta la invención del automóvil habían pasado miles de años, desde la invención del avión hasta la de los cohetes solo pasaron décadas.
A su vez, existía una causa cultural y era la Guerra Fría y la competencia por la conquista del espacio que los soviéticos iban ganando. No solo ya habían lanzado al Sputnik, sino que habían enviado a una perra callejera llamada Laika al espacio, sin ninguna expectativa en que ella regresara con vida.
En 1959, Estados Unidos marcó un hito al lograr que dos monos fueran enviados al espacio y regresaran con vida, Miss Able que lamentablemente murió pocos días después del retorno, y Miss Baker, una hermosa monita frailecillo que había nacido en nuestro país, en Iquitos, y que no solo sobrevivió sino que tuvo una larga vida rodeada de mucho cuidado y de la visita de varios niños que la admiraban y le escribían cartas en un local del centro espacial.
Si bien Miss Baker tuvo un teóricamente final feliz, los experimentos que se han llevado a cabo con animales tanto en la carrera espacial como en la medicina y los productos de higiene ahora están limitados gracias al activismo de los grupos de defensa de la vida animal. Lo que antes se aceptaba como parte normal de la investigación ahora se rechaza. Esto nos hace pensar en lo complejo y contradictorio que es el ser humano.Nuestra compatriota Miss Baker fue un primate que al compartir el mismo tronco evolutivo con los humanos podía dar idea del impacto fisiológico de espacio en nosotros, era una pariente percibida como suficientemente lejana para ser sacrificable.
Compartimos un lejano ancestro común pero nuestra rama evolucionó de una manera sorprendentemente rápida y desarrolló una inteligencia capaz de adaptar el medio ambiente, crear herramientas complicadas y generar sociedades enormes. Sin embargo, como lo indicó el recientemente fallecido Desmond Morris, en su libro “El mono desnudo”, seguimos teniendo mucho de comportamiento de animal salvaje encerrado en un zoológico al que llamamos ciudad.
La diferencia es que en algún momento hubo una revolución en nuestro cerebro fruto de nuestras nuevas necesidades, ya sea de caminar erguidos o de conformar grupos tribales inmensos. Es raro lo que pasó, pues nos volvimos superinteligentes pero no desarrollamos un control emocional paralelo.
Usamos la tecnología para destruirnos, conquistar a otros grupos e incluso aniquilar la fauna con la que compartimos el hábitat. Estamos viendo esta paradoja de la manera más espectacular en estos días.Mientras se celebra que la misión Artemis 2 haya sido un éxito, volviendo a acercarnos físicamente a la luna y recibiendo mensajes de esperanza a través de su magnifica tripulación, en la tierra la misma tecnología ha estado siendo usada para la destrucción.
Esta misma forma de crear maquinaria que usa la propulsión, el radar y la aerodinámica es transformada en misiles hacia objetivos en el Medio Oriente. Lo mejor y lo peor del ser humano no se define en sus obras, sino en cómo las emplea.
Hace más de cinco décadas el ser humano caminó sobre la luna con menos tecnología de la que se emplea en un celular, para entonces fue una misión carísima y difícil de repetir hoy. La Guerra Fría era el verdadero propulsor. Ojalá los humanos entendamos al ver las fotos que el Artemis 2 envió que somos un pequeño planeta azul, que visto desde el espacio, se vislumbra que nuestras diferencias no son tan grandes y se pueden afrontar de manera optimista como lo demostró un hermoso y pequeño ser que nació en nuestra selva y vivió para viajar al espacio y volver.
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