Hay un ‘triángulo del cobre’. Similar al triángulo del litio que lo conforman Bolivia, Chile y Argentina. El Perú aún no ingresa a ese triángulo del litio porque no hay reservas certificadas, tarea compleja que lleva años ya. Pero estamos en el ‘triángulo del cobre’: Chile, el Perú y Argentina. En ese orden. Son también las denominadas ‘repúblicas del cobre’.
El término ha sido potenciado en los últimos días en Chile, en un evento que reunió al empresariado minero chileno, argentino y, por supuesto, a representantes peruanos liderados por Julia Torreblanca, presidenta de la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía (SNMPE). ‘Triángulo del cobre’, expresión un poco antigua que en los últimos días ha pasado a formar parte del argot minero y del sueño integrador gracias a Jorge Cantallopts, voz de Cesco y del empresariado minero, sector que envía mensajes directos a sus semejantes en Lima y Buenos Aires. Curiosamente, mientras en Chile se desarrollaba la propuesta de este nuevo ‘triángulo cuprífero’, en el Perú empezaba el conteo voto a voto en un marco de desconfianza hacia la ONPE y a su exjefe cuyo nombre no vale reiterar.
¿Qué hay en ese ‘triángulo del cobre’? Hay 42 proyectos que representan una inversión de más de US$138 mil millones o tres veces el PBI de Bolivia si se quiere decir de otra manera. Hay además la posibilidad de sumar más de 6 millones de toneladas métricas finas de cobre; es decir, casi toda la producción actual de Chile. Podríamos pasar de los casi 8 millones que se produce en conjunto entre Chile y el Perú a casi 14 millones de toneladas con la inclusión de los yacimientos argentinos de las provincias norteñas (Argentina o el país hecho de plata que ahora se enganchará al ‘boom’ cuprífero). De fondo, aunque no se diga así, una palabra está flotando en el viento: geopolítica. La geopolítica de los minerales críticos.
Alta demanda y restricciones estructurales. Atentos a estos vectores que sostienen la propuesta del ‘triángulo del cobre’. A ello le podríamos añadir la geopolítica, sin duda. En otro momento vamos a tratar sobre el tema.
Alta demanda del cobre en un mundo nuevo que navega en la transición energética por un lado y en la tecno-política por el otro. Se estima que la demanda llegue a 10 millones en el 2035 y a 19 millones en el 2050. Hasta que no haya un sustituto, el cobre definirá quién gana y quién pierde la carrera en ese mundo nuevo.
Restricciones estructurales. Tramitología, permisomanía. Los estados han colocado mayores barreras, han burocratizado la industria minería con más trámites, papeles, sellos. Aunque les parezca una broma, Lenin odiaba, sobre todo en la parte final de su vida, la burocracia. La acusaba de “casta parasitaria”, pero no hay mayor creador de burocracia que el socialismo. El gobierno de Kast prepara una reforma para simplificar 200 trámites; la tramitación en el sector minero demora en promedio alrededor de 12 años. El Perú no es la excepción y en Argentina el problema es mayor por las autonomías provinciales de un país federado.
Mientras Chile y Argentina miran al cobre con alegre actitud, en el Perú hay desconcierto por los próximos resultados electorales presidenciales. Los voceros de la izquierda de Juntos por el Perú –presos de izquierdismo– han prometido estatismo y nacionalizaciones de las principales empresas extractivas. El izquierdismo es la enfermedad infantil del comunismo. No hay mayor fuerza capitalista que las comunidades cercanas a las operaciones mineras que votan por mayores dividendos.
Mientras que en Chile y Argentina se discute un acuerdo comercial y político que incluye al Perú para fortalecer la presencia de las tres repúblicas del cobre, en nuestro país la izquierda hace propuestas mirando al pasado.
Quizá estemos ante el símil de una integración semejante a los inicios de la Unión Europea con el pacto del carbón y el acero. La imagen de Jean Monnet, el factótum de la integración europea, surge de pronto. Pero el ‘triángulo del cobre’ no es factible con un gobierno de izquierda en el Perú.













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