La irresponsabilidad de la ONPE nos ha llevado a una crisis mucho más grande de lo que podríamos haber imaginado. Con el pasar de los días, la falta de claridad sobre lo ocurrido, las nuevas denuncias sobre las fallas incurridas por la autoridad electoral y la incertidumbre aumentan la ansiedad que sentimos. La única certeza que tenemos es que los resultados de la elección demorarán en llegar. Mientras tanto, las teorías de conspiración van debilitando cada vez más la confianza en el proceso electoral. Si ya el Perú vivía una crisis de confianza, lo ocurrido el 12 de abril solo agrava la situación. Porque no solo debilita, aún más, la confianza en las instituciones y el Estado, sino que la brecha entre peruanos se agranda.
¿Era previsible imaginar un resultado electoral en el que dos candidatos pelearían su ingreso a la segunda vuelta? Sin ninguna duda. Era previsible también que uno de ellos podría ser de izquierda. Entonces, difícilmente hemos sido sorprendidos con la posibilidad de que Sánchez haya obtenido los votos necesarios para hacerlo. ¿Porque qué cambió entre abril del 2021 y abril del 2026 para la gran mayoría de peruanos que se siente agraviado por el sistema? ¿Mejoró su acceso a servicios básicos, educación o salud? ¿Será que su calidad de vida aumentó en estos cinco años? Porque, si no es el caso, ¿por qué los resultados de las elecciones serían distintos? Para quien no tiene nada que perder, no hay razón para seguir votando por quienes ofrecen mantener el modelo. Modelo que para ellos no funciona. Lo más frustrante es que seguimos creyendo que, si dos candidaturas de derecha pasan a la segunda vuelta, ya la hicimos. Y nos despreocuparemos de la cosa pública hasta la próxima elección. Mientras tanto, una mayoría de la población seguirá sintiéndose invisible.
Pero tal vez valdría la pena analizar las razones por las que desde el 2006 el Perú se encuentra con una candidatura que busca romper el sistema y que tiene acogida en un grupo importante de la población. Por lo menos lo suficiente como para pasar o pelear su pase a segunda vuelta.
Los peruanos tenemos hoy que esperar con calma los resultados de las elecciones. Y trabajar por lograr que lo que sucedió el 12 de abril no se repita en la segunda vuelta. Pero vale hacer una reflexión: la cantidad de ciudadanos indignados por lo que ocurrió significa que cuando queremos podemos involucrarnos en defender la democracia y las instituciones. Pero la democracia no es imponer al candidato de mi preferencia. La democracia es respetar la decisión de la mayoría. ¿Estaríamos pidiendo nuevas elecciones en Lima si RLA estuviera seguro en segunda vuelta? ¿O es el temor que nos genera Roberto Sánchez lo que nos hace gritar fraude?
Nuevas elecciones podrían terminar con resultados aún menos esperanzadores. Y si bien en Lima se concentró la mayoría de los problemas, regiones como Puno, Ayacucho, Loreto, Cajamarca y Piura también sufrieron retrasos. Proponer una nueva elección o reabrir la votación solo en aquellas mesas que se instalaron tarde en Lima significaría otorgar a los limeños una ventaja frente al resto de peruanos. Porque la Constitución establece que todos los peruanos somos iguales ante la ley y tenemos los mismos derechos. Si estos han sido afectados por una institución no debería importar el lugar de residencia, salvo que lo que realmente queramos sea inclinar la balanza.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.
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