Mi mesa de votación, por Rossana Echeandía

Fui miembro de mesa. Una experiencia que conviene vivir. Ha sido agotador; qué digo, extenuante. Empezó a las 6 de la mañana con los nervios cada vez más de punta porque el material electoral no llegaba. Y no llegó hasta pasadas las 11, mientras una larga cola de personas naturalmente exasperadas había crecido demasiado.

Me tocó un buen equipo. Uno de los titulares no asistió, pero cuatro suplentes estuvieron allí y uno de ellos se quedó para ser una columna importante del trabajo que tuvimos ese largo día.

Además del escándalo de que no llegara el material electoral y que las computadoras e impresoras no funcionaran, hubo un escándalo previo: la cantidad de candidatos. ¿Cómo es posible que tantos, la mayoría no suficientemente calificados, pueda siquiera atreverse a tal pretensión? Bueno, pueden, porque la ley lo permite. Una que facilita ser candidato allí donde solo los probadamente capaces, preparados y honrados deberían poder acceder. Aunque, vale la pena decirlo, el problema no comienza con esas personas, comienza con los partidos políticos que nacen y pasan de mano en mano, según el mejor postor. Esta vez fueron 35, varios de alquiler, algunos más interesados en la ganancia preelectoral que en ganar las elecciones.

Una de las primeras tareas del nuevo Congreso tendría que ser revisar la Ley Orgánica de Elecciones y la Ley de Organizaciones Políticas para subir la valla, hacer más exigentes las condiciones para llamarse partido político y para aspirar a la Presidencia de la República, al Congreso o a los municipios.

Mi mesa estuvo en un Centro de Educación Inicial, así que las mesas de trabajo eran bajitas y las sillitas maravillosas para niñitos de nido, pero a los que estuvimos allí durante una jornada que terminó pasada la medianoche, al final nos dolía hasta el pelo. Allí hicimos el escrutinio (los cinco escrutinios), allí completamos las actas (cinco copias para cada elección), no una sino varias veces para corregir algún error por más pequeño que fuera. Ya se pueden imaginar que fue difícil enderezarnos para volver a casa.

Esos fueron los detalles que marcaron una jornada especial y, aunque parezca difícil de creer, también de un encanto particular. En la mesa de votación se genera un ambiente como de comunidad, donde las personalidades se van acomodando para, rápidamente, funcionar de la manera más eficiente posible. Y los que iban entrando a votar, después de la larguísima espera, casi siempre lo hacían con una sonrisa agradecida y, no sin cierta compasión, mostraban su preocupación: cómo están, a qué hora han llegado, que todo les vaya bien, muchas gracias, que Dios los bendiga. Algunos hasta nos dejaban unos sanguchitos, unas galletitas o unos caramelitos que fueron la dulzura de una jornada difícil, pero memorable. No es verdad que no me importe el resultado, qué va. Pero, más allá de ello, este domingo electoral lo recordaré como ese encuentro con tanta gente que pasó por allí.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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