Al momento de cerrar esta columna no había certeza sobre lo que pasaría con el proceso electoral. Un proceso que, dadas sus características debía haber sido llevado con absoluto cuidado y transparencia, pero sobre el que hoy hay serios cuestionamientos. ¿Qué confianza podemos tener los peruanos, cuando fuimos testigos de una gran cantidad de mesas que no se instalaron, y de miles de electores que fueron privados de su derecho al voto?
Son 63.300 electores los que oficialmente no pudieron votar porque, de acuerdo a la ONPE, 211 mesas no se lograron instalar. Este número es mayor a la diferencia de votos que llevó a la presidencia a los dos últimos presidentes que se disputaron la segunda vuelta. Pero la realidad es que el número es mayor, porque no estamos considerando a todos aquellos que no pudieron esperar hasta que su mesa se instalara.
Lo ocurrido ayer no es un hecho aislado en nuestro país. Es la falla constante y repetida del Estado. Es una muestra más de la incapacidad del Estado Peruano. Un ejemplo más que se suma a ese 98% de establecimientos de salud de primer nivel que tiene una capacidad instalada inadecuada. A la falta de insulina para los pacientes de Essalud y del SIS. O a la falta de materiales escolares que todos los marzos desde hace años no llegan a los colegios públicos.
Y usted se debe estar preguntando ¿cómo lograremos sentirnos seguros de los resultados de la elección luego de lo ocurrido este domingo?
Tal vez uno de los mayores retos de nuestro país sea explicar cómo, a pesar de la crisis política y social que vivimos desde hace más de una década y la incapacidad del Estado, la economía sigue creciendo. Mediocremente, pero crece. Porque esto nos lleva a pensar que el país avanza en piloto automático y, por ello, deja de ser importante quien nos gobierne. Y por ello, dejamos de ocuparnos de ese enorme sector que se desarrolla al margen del estado de derecho. El 80% de peruanos se siente agraviado, 9,6 millones que viven en pobreza, 51% de hogares sin acceso a los servicios básicos: agua, saneamiento, electricidad, internet y telefonía móvil. Y siendo así, ¿qué le podemos pedir nosotros a esos peruanos?
Nos hemos acostumbrado a esta incapacidad del Estado para hacer las cosas bien. Para brindar servicios de calidad, para invertir en infraestructura, para permitir que los peruanos nos desarrollemos y podamos invertir y hacer empresa. Incluso, para asegurar que la voluntad popular pueda ser expresada en las urnas. Entonces no, lo ocurrido ayer no es un hecho aislado. Es lo mismo que ocurre todos los días en prácticamente todas las instituciones del Estado.
Los políticos tienen un rol directo en nuestra calidad de vida y en nuestro futuro. Pero cada cinco años nos encontramos en una encrucijada. Los resultados de las elecciones de ayer no son fruto de la campaña, no son un error ni un accidente. Son producto de habernos desentendido de la política y de haber abandonado la gestión pública.
Hasta hoy, a pesar de Castillo y todos los demás políticos, seguimos con relativa estabilidad y crecimiento. Pero, ¿hasta cuándo? Más allá de lo que suceda en estos días, el Perú demanda que los ciudadanos nos ocupemos del país.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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