Sigo con algunas conclusiones muy provisionales de lo que hemos aprendido de la campaña electoral; por supuesto, por revisar una vez que sepamos los resultados del domingo 12.
Las jornadas de debates, dado el alto número de participantes y el formato elegido, estaban destinadas a tener un impacto muy limitado. Sin embargo, en un contexto de alta indecisión, de identidades partidarias prácticamente inexistentes y de alta fragmentación, pequeños impactos tuvieron efectos significativos. Así, en el tramo final de la campaña, Carlos Álvarez, Ricardo Belmont, Jorge Nieto y Marisol Pérez Tello lograron meterse en la pelea. Álvarez parecía estancado, pero creció sobre la base de aparecer como el candidato que encarna lo nuevo, el ‘outsider’ cercano a los ciudadanos, buen comunicador, que recoge las demandas por seguridad, la más importante para los electores. Álvarez creció mucho en Lima, capitalizando, aparentemente, votos perdidos por López Aliaga. Belmont también destaca como comunicador, habría crecido en Lima, pero a diferencia de Álvarez llama la atención un desempeño relativamente parejo a nivel nacional; no olvidemos que en los últimos años Belmont tejió relaciones con redes vinculadas a Perú Libre y a Pedro Castillo. De otro lado, Nieto y Pérez Tello crecieron sobre la base de votantes limeños, jóvenes, urbanos y sectores socioeconómicos más altos. Otros, que venían en alza, ralentizaron esa dinámica por un desempeño gris, como el de Alfonso López Chau.
Ahora, el crecimiento súbito consecuencia de la visibilidad que otorgan los debates y la reproducción de pequeños videos en las redes sociales debe ser capaz de sostenerse sobre bases más sustantivas: en semanas anteriores, Wolfgang Grozo y César Acuña parecían levantar sobre la base de algún impacto en redes sociales, para luego decaer. Tendencias que hasta el domingo parecían tener una pendiente muy inclinada podrían caer esta semana en la que está prohibido difundir encuestas.
Con los datos disponibles, lo más probable es que Keiko Fujimori alcance nuevamente la segunda vuelta electoral, con porcentajes similares a los obtenidos en el 2021. En un contexto de partidos extremadamente precarios, destaca la persistencia de la identidad fujimorista, a pesar de tener, simultáneamente, el mayor rechazo entre los ciudadanos en general. Esta aparente paradoja permite entender por qué grupos que generan amplio rechazo lograrán representación política: podría ser el caso de Alianza para el Progreso, sobre la base de un bastión regional en la costa norte. De los grupos actualmente representados en el Congreso, solo tienen opciones de sobrevivir aquellos que lograron anclarse en identidades sólidas, aunque fueran minoritarias: el fujimorismo, el votante conservador de Renovación Popular, la herencia castillista de Juntos por el Perú.
A pocos días de las elecciones, empieza a circular cierto ánimo derrotista: en la derecha porque se teme que un candidato de izquierda se “cuele” en la segunda vuelta, repitiéndose el escenario del 2021. En la izquierda, porque la propuesta de Venceremos nunca despegó, porque la candidatura de Sánchez no alcance la segunda vuelta o porque una postura más moderna como la de López Chau se despinte en el tramo final. Y desde el centro, porque puede ocurrir que ninguna de sus variantes alcance representación en el Congreso. La culpa no es de los votantes, sino de la incapacidad para generar propuestas convincentes por parte de los partidos, lo que dice mucho de la distancia entre nuestras élites y la ciudadanía.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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