“El líder de Arabia Saudita habría presionado a Trump para continuar la guerra en Irán”, dice el titular de un extenso artículo publicado esta semana en “The New York Times”. En él, los periodistas que escriben la nota dan cuenta de lo revelado por diversas fuentes con acceso a conversaciones secretas, y señalan cómo el príncipe heredero Mohammed Bin Salman estaría argumentando la necesidad de una campaña militar terrestre estadounidense para poder acabar con el régimen iraní y así terminar con la amenaza que suponen en el golfo Pérsico.
Que Irán y Arabia Saudita no sean vecinos fraternos no es novedad. De hecho, son los más importantes rivales en el Medio Oriente, no solo por las alianzas contrapuestas que han tejido a lo largo de los años, sino porque ambos lideran las principales corrientes del islam: el chiismo y el sunismo.
Arabia Saudita se convirtió en un aliado clave de Washington invirtiendo millones de dólares en la economía norteamericana (y en empresas de la familia Trump), abrió el país a bases militares y confió su defensa y seguridad a Estados Unidos. Irán, de otro lado, formó y armó una serie de milicias en todo el Medio Oriente, además de estrechar relaciones con Rusia y China.
Desde que Estados Unidos e Israel emprendieron la guerra contra Irán, este no dudó en responder atacando a los demás estados del golfo, incluyendo Arabia Saudita. Por ahora, el reino ha decidido no responder directamente y está manteniendo cautela en cada una de sus declaraciones y reacciones. Pero una cosa es lo que se dice en público y otra los entretelones internos y negociaciones debajo de la mesa.
¿Pero realmente le conviene a Bin Salman tener a su enemigo derrotado y desatado en el caos? Las consecuencias de la guerra para Arabia Saudita están siendo enormes. Buena parte del petróleo saudita pasa por el estrecho de Ormuz para llegar a los mercados internacionales y –en el papel– al príncipe no le conviene un conflicto largo, pues genera mayor inestabilidad en la región. No olvidemos que el príncipe ha invertido mucho en la Visión 2030, un ambicioso plan cuyo objetivo es reducir la dependencia del crudo, diversificar la economía y aumentar el turismo, convirtiéndolo en un ‘hub’ empresarial más atractivo que Dubái o Qatar. El éxito de este proyecto depende de un entorno seguro, y una guerra sin fin perturba sus objetivos.
Arabia Saudita ya había planeado este proyecto teniendo a Irán de vecino incómodo, pero que al menos no le era abiertamente hostil. Sin duda, un Irán disminuido permite a los saudíes convertirse en la fuerza predominante en el golfo Pérsico, pero eso deja fuera de la ecuación a Israel que, por supuesto, no tiene planes de contenerse.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.
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