El 29 de noviembre de 1947, el pueblo judío aceptó el Plan de Partición de la ONU, eligiendo la senda hacia la independencia a pesar de los sacrificios profundos que ello demandaba. Fueron 33 países los que votaron favorablemente, entre ellos el Perú, a quien le agradecemos su apoyo, que hoy se traduce en más de 65 años de fructíferas relaciones bilaterales.
Contrariamente, los palestinos árabes han rechazado recurrentemente los compromisos y las iniciativas de paz: como el rechazo del líder árabe Amin al Husseini a las propuestas de la Comisión Peel en 1937, o el rechazo del Plan de Partición en 1947, la invasión a Israel de los ejércitos árabes en 1948, y el rechazo de esfuerzos de paz como las iniciativas del 2000 y 2008.
Por décadas, el rechazo antijudío árabe-palestino ha asumido diferentes formas e ideologías y se mantiene como una constante: la negativa a reconocer el derecho de Israel a existir como un Estado independiente en su tierra ancestral. Esta postura ha priorizado frecuentemente el causarle daño a Israel, por encima de promover los intereses del pueblo palestino. Un ejemplo es la creación de la Organización para la Liberación de Palestina en 1964, cuando Judea, Samaria y la franja de Gaza eran controladas por Jordania y Egipto, respectivamente. Ningún Estado palestino fue declarado bajo esos gobiernos árabes, y la carta fundacional de la OLP llamaba explícitamente a la destrucción de Israel.
Tras la retirada israelí de Gaza en el 2005, bastaron dos años para que Hamas tomara el control y rápidamente transformara el territorio en una base terrorista, desviando recursos a la Yihad contra Israel en lugar de mejorar el bienestar de la población local. La Autoridad Palestina en Judea y Samaria también ha fracasado en la búsqueda de la paz, y continúa promoviendo el odio antisemita en las escuelas, mezquitas y medios de comunicación y sosteniendo la política de pagar por matar, que recompensa el asesinato de israelíes.
Pese a todo esto, Israel permanece firme en sus principios éticos fundacionales. El espíritu que iluminó aquel 29 de noviembre perdura: Israel no abandona la esperanza de la coexistencia y sigue comprometido con la construcción de un futuro mejor, manteniendo la fortaleza necesaria para defenderse contra aquellos que aún procuran su destrucción. Si Israel depusiera sus armas, su propia existencia estaría amenazada. Pero si los yihadistas entregaran sus armas, como lo exige el plan de paz del presidente de EE.UU., la senda hacia la coexistencia podría abrirse inmediatamente.













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