¡Todo al cero!

Las tres jornadas de debates presidenciales que tuvieron lugar esta semana en el Centro de Convenciones de Lima fueron exactamente lo que se esperaba: un espectáculo calamitoso. Para ser honestos, hay que aclarar que no todo fue culpa de los candidatos. El formato planteado por el JNE anunciaba ya que asistiríamos en esencia a una sucesión de piezas breves y grotescas, como las que se representaban en el teatro del Siglo de Oro español entre acto y acto de una comedia propiamente dicha.

Contribuyeron también a la futilidad del triple evento los moderadores, que se enredaron más de una vez en discursos casi tan largos como los de los, digamos, polemistas y que lanzaban con frecuencia preguntas de corte ontológico antes de advertirle al interrogado: “le quedan 30 segundos”. En general, es un contrasentido que quien está llamado a moderar un debate haga en sus ratos libres preguntas a los moderados o los fustigue por no entrar en materia en sus respuestas. No se puede ser árbitro y picador al mismo tiempo. Que esto haya sido así en los debates ya producidos, sin embargo, es nuevamente responsabilidad de los organizadores.

De cualquier forma, el peso principal de la insustancialidad de lo visto hasta ahora recae sobre los aspirantes a la presidencia, que alternaron la pulla sin gracia con la oferta populista y el compromiso de llevar adelante desde el Ejecutivo asuntos que le competen al Legislativo. Todo esto, además, sazonado con una pésima administración del tiempo que tenían a su disposición. Una torpeza que los llevó permanentemente a vociferar el remate que tanto habían trabajado para tal o cual intervención cuando sus micrófonos ya estaban apagados.

–Sujetos sin predicado–

Al escuchar hablar a los candidatos, uno tenía la impresión de que habían hecho pasar al recinto oficial a los monigotes ‘tipo Disney’ que bailaban en la puerta del local agitando banderolas y descubriendo las limitaciones del lenguaje de señas para transmitir arengas políticas. La mayoría de los postulantes presidenciales, en efecto, se dedicó a recitar obviedades en una corrupción del latín que se parecía más al ladino que al castellano. Se extrañó el dominio del idioma de De Soto.

Acusaciones cruzadas de pertenecer al “pacto mafioso”, promesas de pena de muerte hasta para los que se pasan el semáforo en rojo y enumeraciones minuciosas de lo que no harían – pero jamás de lo que sí llevarían a cabo –con respecto a temas espinosos como el de Petro-Perú saturaron, pues, los discursos de tanto sujeto sin predicado. Faltó solamente el prófugo de la justicia, Vladimir Cerrón, para completar el mosaico menesteroso que componen los aspirantes a ceñirse la banda embrujada en pocos meses… Porque, aunque buena parte de la ciudadanía no se anime todavía a asumirlo, una de las personas que vimos participar en esos debates será quien rija nuestros destinos a partir del próximo 28 de julio. Nuestros procesos electorales suelen compararse a rifas y otros juegos cuyo resultado dicta el azar. Hasta antes de la lamentable desaparición del candidato Napoleón Becerra, los postulantes a la presidencia en estas elecciones eran 36, tantos como números hay en la ruleta. Y en esta pequeña columna no podíamos dejar de pensar en la sugestiva coincidencia. Ahora quedan solo 35, pero la comparación, a nuestro parecer, se sostiene. Imposible saber sobre qué número caerá la bolita que consagrará a uno de ellos como el ganador. Pero si lo supiéramos, tampoco apostaríamos por él. Tal como van las cosas, la única acción sensata en esta triste coyuntura es coger hasta la última de nuestras fichas y empujarlas hasta un extremo del paño al grito de: “¡Todo al cero!”.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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