Durante mucho tiempo explicamos la crisis política peruana como un problema de diseño institucional, malas reglas, partidos débiles e incentivos torcidos. Todo eso sigue ahí. Pero hoy, ese diagnóstico resulta insuficiente. Las encuestas recientes sugieren algo inquietante: la elección que viene no producirá un mandato. Producirá ganadores, pero no apoyo ni cohesión social para gobernar. Y un poder sin cohesión es un castillo de naipes. El poder estará formalmente concentrado, pero políticamente diluido.
Kafka lo entendió mejor que muchos politólogos. En “El castillo”, el poder carece de un acceso real. Algo similar ocurre cuando un presidente, elegido con apoyos exiguos, ocupa el cargo, pero no gobierna. Desde el primer día, gobierna como quien debe justificar su débil presencia, no como quien la ejerce con autoridad. Ese es el precio del parlamentarismo Frankenstein peruano.
El elector no reparte su voto con entusiasmo cívico. Lo reparte porque no reconoce un punto de gravedad. No hay relato, proyecto ni promesa que ordene la competencia. La política se convierte en un elenco sin trama, donde los personajes entran y salen sin que la historia avance: solo escenas sueltas e intercambiables.
Este vacío se vuelve más problemático al observar el régimen al que se está ingresando. Un sistema bicameral exige diálogo, mayorías estables y responsabilidad compartida. Es un diseño pensado para partidos capaces de sostener acuerdos. Pero tenemos lo contrario: figuras livianas, bancadas dispersas e incentivos cortoplacistas. La bicameralidad, en este contexto, no refinará la deliberación, solo duplicará el conflicto para prorrogar el caos.
Aquí la tragedia no es ruidosa. El poder se desgasta en conversaciones interminables y acuerdos frágiles. El gobierno nunca se derrumba del todo porque el sistema ha aprendido a administrar la precariedad y la prebenda. Cada decisión es sobrevivir. No hay colapso, pero mucho menos conducción.
¿Y la ciudadanía? Aprende que votar no ordena en el Perú, que los conflictos no se resuelven. Aprende que las elecciones siguen ocurriendo como un ritual. Se participa sin creer que algo fundamental vaya a cambiar.
El riesgo mayor no es quién gane, sino qué sigue después. Un presidente con apoyo mínimo, un Congreso fragmentado y una sociedad distante no producen gobernabilidad, sino inercia conflictiva.
En “Esperando a Godot”, Beckett muestra que lo verdaderamente trágico es la costumbre de esperar. El Perú corre ese riesgo: acostumbrarse a gobiernos sin impulso, instituciones sin crédito y elecciones sin mandato. Y cuando eso ocurre, la democracia no colapsa de golpe, pero se vuelve inútil. No esperen a abril.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.











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